Lunes, 29 de Septiembre 2008
Sobre las virtudes de la esperanza se ha escrito mucho y parloteado mucho más. Así como sucedió y seguirá sucediendo con las utopías, la esperanza ha sido siempre, a lo largo de los tiempos, una especie de paraíso soñado de los escépticos. Y no sólo de los escépticos. Creyentes fervorosos, de los de misa y comunión, de ésos que están convencidos de que llevan sobre sus cabezas la mano compasiva de Dios defendiéndolos de la lluvia y del calor, no se olvidan de rogarle que cumpla en esta vida al menos una pequeña parte de las bienaventuranzas que prometió para la otra. Por eso, quien no está satisfecho con lo que le cupo en la desigual distribución de los bienes del planeta, sobre todo de los materiales, se aferra a la esperanza de que el diablo no siempre esté detrás de la puerta y de que la riqueza le entrará un día, más pronto que tarde, por la ventana. Quien todo lo ha perdido, pero tuvo la suerte de conservar por lo menos la triste vida, considera que le asiste el humanísimo derecho de esperar que el día de mañana no sea tan desgraciado como lo está siendo el día de hoy. Suponiendo, claro, que haya justicia en este mundo. Pues bien, si en estos lugares y en estos tiempos existiera algo que mereciese semejante nombre, no el espejismo habitual con que se suelen engañar los ojos y la mente, sino una realidad que se pudiese tocar con las manos, es evidente que no necesitaríamos andar todos los días con la esperanza en los brazos, meciéndola, o meciéndonos ella a nosotros en los suyos. La simple justicia (no la de los tribunales, sino la de aquel fundamental respeto que debería presidir las relaciones entre los humanos) se encargaría de poner todas las cosas en  sus justos lugares. Antes, al pobre que pide al que se le acababa de negar la limosna, se le añadía hipócritamente que “tuviera paciencia”. Pienso que, en la práctica, aconsejarle a alguien que tenga esperanza no es muy diferente de aconsejarle que tenga paciencia. Es bastante común oír decir a los políticos recién instalados que la impaciencia es contra-revolucionaria. Talvez lo sea, talvez, pero yo me inclino a pensar que, al contrario, muchas revoluciones se perdieron por demasiada paciencia. Obviamente, no tengo nada personal contra la esperanza, pero prefiero la impaciencia. Ya es hora de que ésta se note en el mundo para que aprendan algo ésos que prefieren que nos alimentemos de esperanzas. O de utopías.

publicado por Fundação Saramago
Domingo, 28 de Septiembre 2008
Como siempre ha sucedido, y siempre sucederá, la cuestión central en cualquier tipo de organización social humana, de la que todas las demás derivan y hacia la que todas acaban confluyendo, es la cuestión del poder, y el problema teórico y práctico al que nos enfrentamos es identificar quién lo controla, averiguar como le ha llegado, verificar el uso que de él hace, los medios de que se sirve y los fines a que apunta. Si la democracia fuese, de hecho, lo que con auténtica o fingida ingenuidad seguimos diciendo que es, el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, cualquier debate sobre la cuestión del poder carecería de sentido, puesto que, residiendo el poder en el pueblo, es al pueblo a quien le compete su administración, y, siendo el pueblo el que administra el poder, está claro que solo lo hará en su propio beneficio y para su propia felicidad, que a eso le obligaría lo que he dado en llamar, sin ninguna pretensión de rigor conceptual, la ley de la conservación de la vida. Ora bien, solo un espíritu perverso, panglosiano hasta al cinismo, osaría pregonar la felicidad de un mundo que, muy por el contrario, nadie debería pretender que lo aceptamos tal cual es, sólo por el hecho de ser, supuestamente, el mejor de los mundos posibles. Es la propia y concreta situación del mundo llamado democrático donde, si es verdad que los pueblos son gobernados, también es verdad que no lo son por sí mismos ni para sí mismos. No vivimos en democracia, vivimos en una plutocracia que ha dejado de ser local y próxima para ser universal e inaccesible.Por definición, el poder democrático será siempre provisional y coyuntural, dependerá de la estabilidad del voto, de las fluctuaciones de las ideologías o de los intereses de clase, de manera que puede ser entendido como un barómetro orgánico que va registrando las variaciones de la voluntad política de la sociedad. Pero, ayer como hoy, y hoy con una amplitud cada vez mayor, abundan los casos de cambios políticos aparentemente radicales que tuvieron como efecto radicales cambios de gobierno, aunque no fueron seguidos por los cambios económicos, culturales y sociales radicales que el resultado del sufragio prometía. Decir hoy gobierno “socialista”, o “socialdemócrata”, o “conservador”, o “liberal”, y llamarle poder, es pretender nombrar algo que en realidad no está donde parece, sino en otro inalcanzable lugar, el del poder económico y financiero, cuyos contornos podemos percibir en filigrana, pero que invariablemente se nos escapa cuando intentamos acercarnos e inevitablemente contraataca si tenemos la veleidad de intentar reducir o regular su dominio, subordinándolo al interés general. Con otras y más claras palabras, digo que los pueblos no eligieron a sus gobiernos para que los “llevasen” al Mercado, que es el Mercado quien condiciona por todo los medios a los gobiernos para que le “lleven” a los pueblos. Y hablo así del Mercado porque hoy, y más cada día que pasa, es el instrumento por excelencia del autentico, único e inobjetable poder, el poder económico y financiero mundial, ése que no es democrático porque no lo eligió el pueblo, que no es democrático porque no está dirigido por el pueblo, que finalmente no es democrático porque no contempla la felicidad del pueblo.Nuestro antepasado de las cavernas diría: “Es agua”. Nosotros, un poco más sabios, avisamos: “Sí, pero está contaminada”.

publicado por Fundação Saramago
Viernes, 26 de Septiembre 2008
Según la Carta de los Derechos Humanos, en su artículo 12º: “Nadie sufrirá intromisiones arbitrarias en su vida, en su familia o en su correspondencia, ni ataques contra su honor y reputación”. Y más “Contra tales intromisiones o ataques todas las personas tienen derecho a la protección de la ley”. Así está escrito. El papel exhibe, entre otras, la firma del representante de los Estados Unidos, quien asumiría, como consecuencia, el compromiso de los Estados Unidos en lo que respecta al cumplimento efectivo de las disposiciones contenidas en la Carta, aunque, para su vergüenza y la nuestra, esas disposiciones nada valgan, sobre todo cuando la misma ley que debería proteger, no sólo no lo hace, sino que homologa con su autoridad las mayores arbitrariedades, incluyendo ésas que el dicho artículo 12º enumera para condenar. Para los Estados Unidos cualquier persona, sea emigrante o simple turista, indiferentemente de su actividad profesional, es un delincuente potencial que está obligado, como en Kafka, a probar su inocencia sin saber de qué se le acusa. Honor, dignidad, reputación, son palabras hilarantes para los cancerberos que guardan las entradas del país. Ya conocíamos esto, ya lo habíamos experimentado en interrogatorios conducidos intencionadamente de forma humillante, ya fuimos mirados por el agente de turno como si fuésemos el más repugnante de los gusanos. En fin, ya estábamos habituados a ser maltratados.Pero ahora surge algo nuevo, una vuelta más a la tuerca opresora. La Casa Blanca, donde se hospeda el hombre más poderoso del planeta, como dicen los periodistas en crisis de inspiración, la Casa Blanca, insistimos, ha autorizado a los agentes de policía de las fronteras a que analicen y revisen documentos de cualquier ciudadano extranjero o norteamericano, aunque no existan sospechas de que esa persona tenga intención de participar en un atentado. Tales documentos serán conservados “durante un razonable espacio de tiempo” en una inmensa biblioteca donde se almacenarán todo tipo de datos personales, desde simples agendas de contactos a correos electrónicos supuestamente confidenciales. Ahí se guardarán también una cantidad incalculable de copias de discos duros de nuestros ordenadores, cada vez que queramos entrar en los Estados Unidos, por cualquiera de sus fronteras. Con todos sus contenidos: trabajos de investigación científica, tecnológica, creativa, tesis académicas, o un sencillo poema de amor. “Nadie sufrirá intromisiones arbitrarias en su vida privada”, dice el pobre artículo 12º. Y decimos nosotros: véase lo poco que vale la firma de un presidente de la mayor democracia del mundo.Aquí está. Practiquemos sobre Estados Unidos la infalible prueba del algodón, y he aquí lo que comprobaremos: no se limitan a estar sucios, están sucísimos.

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Miércoles, 24 de Septiembre 2008
Supongo que en el principio de los principios, antes de que inventáramos el habla, que es, como sabemos, la suprema creadora de incertidumbres, no nos atormentaría ninguna duda seria sobre quienes éramos y sobre nuestra relación personal y colectiva con el lugar en que nos encontrábamos. El mundo, obviamente, sólo podía ser lo que nuestros ojos veían en cada momento, y también, como información complementaria importante, lo que los restantes sentidos – el oído, el tacto, el olfato, el gusto – consiguiesen apreciar. En esa hora inicial el mundo era pura apariencia y pura superficie. La materia era simplemente áspera o lisa, amarga o dulce, agria o insípida, sonora o silenciosa, con olor o sin olor. Todas las cosas eran lo que parecían ser por la única razón de que no había ningún motivo para que pareciesen de otra manera y fuesen otra cosa. En aquellas antiquísimas épocas no se nos pasaba por la cabeza que la materia fuera “porosa”. Hoy, sin embargo, aunque sepamos que, desde el último de los virus hasta el universo, no somos nada más que composiciones de átomos, y que en el interior, además de la masa que les es propia y les define, todavía sobra espacio para el vacío (lo compacto absoluto no existe, todo es penetrable), seguimos, como hicieron nuestros antepasados de las cavernas, aprendiendo, identificando y reconociendo el mundo según la apariencia con que cada vez se nos presenta. Imagino que el espirito filosófico y el espirito científico se manifestaron el día en que alguien tuvo la intuición de que esa apariencia, al mismo tiempo que imagen exterior captable por la conciencia y por ella utilizada como mapa de conocimientos, podía ser, también, una ilusión de los sentidos. Si bien suele aplicarse refiriéndose más al mundo moral que al mundo físico, es conocida la expresión popular que dice: “Las apariencias engañan”. O ilusionan, que es más o menos lo mismo. No faltarían los ejemplos si el espacio diese para tanto.A este escribidor siempre le ha preocupado lo que se esconde tras las meras apariencias, y ahora no estoy hablando de átomos o de subpartículas que, como tal, son siempre apariencia de algo que se esconde. Hablo, sí, de cuestiones corrientes, habituales, cotidianas, como, por ejemplo, el sistema político que denominamos democracia, ése que Churchill decía que era el menos malo de los sistemas conocidos. No dijo el mejor, dijo el menos malo. Por lo que vamos viendo, se diría que lo consideramos más que suficiente, y ése, creo, es un error de percepción que, si nos damos cuenta, vamos pagando todos los días. Volveremos al asunto.

publicado por Fundação Saramago
Martes, 23 de Septiembre 2008
Dos veces, o quizá fueran tres, se me presentaron en la Feria del libro, en años pasados, otros tantos lectores, los dos o los tres, cargando el peso de decenas de volúmenes nuevos, compras recientes, y por lo general todavía acondicionados en los sacos de plástico de origen. Al primero que se me presentó de esa manera le hice la pregunta que me pareció más lógica, es decir, si su encuentro con mi trabajo de escritor había sido para él cosa reciente y, por lo visto, fulminante. Me respondió que no, que me leía desde hacía mucho tiempo, pero que se había divorciado, y que la ex-esposa, también lectora entusiasta, se había llevado a su nueva vida la biblioteca de la familia ahora rota. Se me ocurrió entonces, y sobre eso escribí unas líneas en los viejos Cuadernos de Lanzarote, que sería interesante estudiar el asunto desde el punto de vista de lo que en ese momento consideré algo así como la importancia de los divorcios en la multiplicación de las bibliotecas. Reconozco que la idea era algo provocativa, por eso la dejé en paz, al menos para que no me acusaran de colocar mis intereses materiales por encima de la armonía de las parejas. No sé, ni siquiera puedo imaginarlo, cuantas separaciones conyugales habrán dado origen al formación de nuevas bibliotecas sin que vaya eso en detrimento de las antiguas. Dos o tres casos, que esos son los que he conocido, no son suficientes para que nazca una primavera, o, con palabras más explícitas, por ahí no mejorarán ni los lucros del editor, ni mis ingresos por los derechos de autor.Lo que francamente no esperaba era que la crisis económica que nos mantiene en estado de alerta continua hubiera venido a dificultar todavía más los divorcios y, así, la ambicionada progresión aritmética de las bibliotecas, lo que, aspecto en que ciertamente todos estaremos de acuerdo, significa un auténtico atentado contra la cultura. ¿Qué decir, por ejemplo, del problema complejo, y no pocas veces insoluble, que es encontrar hoy comprador para un piso? Si muchos procesos de divorcio se encuentran estancados, si no avanzan en los tribunales, la causa es ésa, y no otra. Peor aún, ¿cómo deberá procederse contra ciertos comportamientos escandalosos ya de dominio público, como es el caso, lamentablemente frecuente y absolutamente inmoral, de seguir viviendo en la misma casa, tal vez no dormir en la misma cama, pero utilizar la misma biblioteca? Se ha perdido el respeto, se ha perdido el sentido de decoro, he aquí la desgraciada situación a la que llegamos. Y que no se diga que la culpa es de Wall Street: en las comedias de televisión que ellos financian no se ve ni un solo libro.

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