Lunes, 28 de Mayo 2012

28 de mayo de 1996

Encuentro en la editorial Caminho algunas cartas de lectores que todavía no conocen mi dirección... Una de ellas trae en el remite un apellido que me es familiar desde hace más de sesenta años, desde 1934 precisamente, cuando, tras dejar el Liceo Gil Vicente, inicié mis estudios en la Escuela Industrial de Afonso Domingues, de la que saldría con la formación de cerrajero mecánico. Durante el tiempo que anduve por allí, fue mi profesor de mecánica y de matemáticas el ingeniero Jorge O’Neill, que, catorce años más tarde, me daría trabajo en la Companhia Previdente (de la que era consejero delegado), cuando, a raíz de la campaña presidencial de Norton de Matos, me despedí, antes de que me despidieran, de la Caixa de Previdência donde trabajaba. Un cierto doctor Góis Mota, ayudante de la Procuraduría General de la República, comandante de la Brigada Naval de la Legión Portuguesa y «fiscal» del comportamiento político de los empleados de la Caixa, de la que era asesor jurídico, nos abrió, a un colega y a mí, una caricatura de proceso disciplinario, durante el cual me dijo (sic) que si mis camaradas hubieran ganado, él estaría colgado de una farola de la Avenida... Mi culpa visible había sido, simplemente, la de no acatar la orden de que todo el personal debería concentrarse, el día de la elección, ante la puerta de la sección de voto del Liceo de Camões, porque él, Góis Mota, según decía, había requerido y tenía en su poder todos nuestros certificados de elector, para que así pudiésemos ir a votar a una sección que no fuera la nuestra. El legionario Góis Mota, ayudante del procurador de la República, estaba mintiendo: voté en Graça, como debía, y nadie me dijo que, por haberse facilitado un certificado de elector, no podía votar allí. (En la siguiente elección mi nombre dejaría de constar en los registros electorales).

La carta que tenía ahora en las manos estaba firmada por Madalena O’Neill y me recordaba, como se recuerda un sueño, los días en que, a petición del padre, yo frecuentaba su casa de Junqueira para organizar, clasificar y ordenar la vieja biblioteca de la familia. Ésta es la historia:

«Hace unos años, no tan pocos como quisiéramos, una muchachita, todavía niña, esperaba ansiosamente a un señor que, a sus ojos, era muy alto y muy delgado, con unas gafas de aro marrón y una camisa blanca. Quizá unos tirantes sosteniéndole los pantalones. Tengo esa impresión, pero ya no sé.

»Esa niña tenía una pasión secreta por ese señor, digo pasión porque no encuentro otra palabra más adecuada, nada tiene que ver con la de un adulto. Se negaba a irse a su habitación antes de que él llegara, pero, cuando él llegaba, su timidez la enmudecía, y se limitaba a quedarse allí en silencio viéndolo trabajar.

»Un día su padre recibió de regalo un pisapapeles que a ella le parecía maravilloso. Era de cristal y tenía un efecto de colores dentro, no sé si no tendría también algún anuncio de cualquier producto, lo que ciertamente estropearía la pieza, pero a ella le gustaba aquella bola de vidrio y no le quitaba los ojos de encima. El padre, cuando se dio cuenta del valor que aquel objeto tenía para su hija, se lo regaló, y fue ése uno de los días más felices de su vida. Nunca más se separó de la tal bola, que para ella era mágica.

»Llegó un día en que ella quiso que el tal señor supiera lo que sentía por él y, despidiéndose de su querida bola, que también había tenido un lugar en su cora- zón, se la entregó sin pestañear. El tal señor, que miraba todo admirado, todavía preguntó: “¿Estás segura de que me la quieres dar?”. A lo que ella, azorada, pero con firmeza, dijo que sí. No fue capaz de decirle nada más y se quedó felicísima de haber tenido el valor de hacer tal gesto.

»Pasaron algunas decenas de años y la tal niña de entonces, que ahora ya está bien crecida, sigue recordándolo todo, porque todo lo importante que pasa en un corazón que todavía no está muy estragado con esta vida llena de obstáculos, queda registrado para siempre. No sé si podré decir lo mismo del tal señor, que, pese a haber recibido un regalo salido de un corazón tan abierto, quizá no le diera valor alguno, no digo al objeto, sino al acto de aquella niña. A mí me gustaría saber que sí, pero tengo la casi seguridad de que la respuesta es no, porque las personas, cuando llegan a adultas, cierran los corazones y abren las cabezas, donde sólo existe lo racional».

A partir de aquí la carta trata de un asunto de naturaleza profesional, que no tiene que entrar en estos Cuadernos. Responderé a Madalena O’Neill un día de éstos, después de haber puesto en orden mi propia memoria. Una cosa sí sé: no usaba tirantes...

Voy andando hacia la Escuela Secundaria dos Anjos, donde tendré un encuentro con alumnos para hablar de El año de la muerte de Ricardo Reis, voy pensando, agradecido, en la niña que me quería y me ofreció, como prueba de su amor, hace cuarenta años, el pisapapeles de cristal que le había regalado su padre, y he aquí que otra niña viene directa hacia mí con una flor en la mano, de ésas sin nombre que la primavera hace nacer entre las piedras, y me pregunta: «¿La quiere?». 

 

in "cuadernos de lanzarote II" (1996-1997)


publicado por Fundação Saramago
Miércoles, 16 de Mayo 2012

Carlos Fuentes, creador de la expresión “territorio de La Mancha”, una fórmula afortunada que expresa la diversidad y la complejidad de las vivencias existenciales y culturales que unen la Península Ibérica y América del Sur, acaba de recibir en Toledo el Premio D. Quijote. Lo que sigue es mi homenaje al escritor, al hombre, al amigo.El primer libro de Carlos Fuentes que leí fue “Aura”. Aunque no he vuelto a él, guardo desde aquel día (más de cuarenta años han pasado) la impresión de haber penetrado en un mundo diferente a todo lo que había conocido hasta entonces, una atmósfera compuesta de objetividad realista y de misteriosa magia, en que estos contrarios, en el fondo más aparentes que efectivos, se fundían para crear en el espíritu del lector una vibración singular en todos los aspectos. No han sido muchos los casos en que el encuentro con un libro haya dejado en mi memoria un tan intenso y perenne recuerdo.No era un tiempo en que las literaturas americanas (a las del Sur, me refiero) gozasen de un especial fervor del público ilustrado. Fascinados desde generaciones por las lumières francesas, hoy empalidecidas, observamos con cierta displicencia (la fingida displicencia de la ignorancia que sufre por tener que reconocerse como tal) lo que se iba haciendo a este lado del río Grande y que, para agravar la situación, aunque pudiera viajar con relativa comodidad a España, apenas se detenía en Portugal. Existían lagunas, libros que simplemente no aparecían en las librerías, y también padecíamos la angustiosa falta de una crítica competente que nos ayudase a encontrar, en lo poco que iba siendo puesto a nuestro alcance, lo mucho de excelente que aquellas literaturas, luchando en tantos casos con dificultades semejantes, iban elaborando. Tal vez en el fondo hubiera otra explicación: los libros viajaban poco, pero nosotros todavía viajábamos menos.Mi primer viaje a México fue para participar, en Morelia, en un congreso sobre la crónica. No tuve tiempo entonces para visitar librerías, pero ya frecuentaba con asiduidad la obra de Carlos Fuentes a través de, por ejemplo, la lectura de libros fundamentales como “La región más trasparente” y “La muerte de Artemio Cruz”. Entonces ya era evidente para mí también que estaba ante un escritor de altísima categoría artística y de una infrecuente riqueza conceptual. Más tarde, otra novela extraordinaria, “Terra nostra” me abrió nuevas perspectivas y de ahí en adelante, sin que sea necesario referir otros títulos (salvo “El espejo enterrado” libro de fondo, indispensable para un conocimiento sensible y consciente de América de Sur, como siempre me gusta denominar a esa parte del mundo) me reconocí, definitivamente, como devoto admirador del autor de “Gringo Viejo”. Conocía al escritor, me faltaba conocer al hombre y ese momento no tardó en llegar, aunque fue necesario que antes me lanzara en esta cosa de escribir. A partir de ahí nos fuimos encontrando en diferentes países, en nuestras casas respectivas, en actos académicos tutelados por Julio Cortázar y bajo la mirada, siempre benevolente y algo irónica de García Márquez, nos presentamos amigos que pasaron a serlo de uno y otro, y así hasta que una noche, en el DF, en un bailongo en que se festejaba el aniversario de un libro tan transparente como antaño lo fue la ciudad descrita, Fuentes me declaró portugués y mexicano y supe que aquella declaración me comprometía mucho. Desde luego a la reciprocidad, de modo que ahora tengo que declararlo a él, en Lisboa, mexicano y portugués, asunto que debe realizarse cuanto antes, porque hay motivo y es la hora en punto.Y por fin, una confesión. No soy persona que pueda ser fácilmente intimidada, muy por lo contrario, pero mis primeros contactos con Carlos Fuentes, en todo caso siempre cordiales, como era de esperar tratándose de dos personas bien educadas, no fueron fáciles, no por su culpa, sino por una especia de resistencia que me impedía aceptar con naturalidad lo que en Carlos Fuentes era naturalísimo, y que no es otra cosa que su forma de vestir. Todos sabemos que Fuentes viste bien, con elegancia y buen gusto, la camisa sin una arruga, los pantalones con la raya perfecta, pero, por ignotas razones, pensaba yo que un escritor, especialmente si pertenecía a esa parte del mundo, no debería vestir así. Gran equivocación mía. Al final, Carlos Fuentes hizo compatible la mayor exigencia crítica, el mayor rigor ético, que son los suyos, con una corbata bien elegida. No es pequeña cosa, créanme.

 

(14 de Octubre 2008)

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publicado por Fundação Saramago

Carlos Fuentes, el gran escritor mexicano, a quien admiro desde que, hace muchos años ya, leí ese libro fascinante que es Aura, estuvo ayer en Lanzarote. Vino con su mujer, la periodista Silvia Lemus, estuvieron algunas horas (dos de las cuales ocupadas en una entrevista que le di a Silvia), y juntos visitamos la Fundación César Manrique. Quedó claro, desde el primer momento, que estábamos colocan- do la primera piedra de una amistad que se consolidará (estoy seguro de eso) en el viaje que Pilar y yo haremos, el próximo año, a México. Registro aquí el recogimiento con que Carlos Fuentes leyó el poema de Rafael Alberti dedi- cado a César Manrique, aquel que está en la Fundación: Vuelvo a encontrar mi azul... Al final, Fuentes dijo: «Poetas como Alberti y Neruda convierten en poesía todo lo que tocan». Fue un gran día para Lanzarote.

 

Cuadernos de Lanzarote II (1996-1997), 28 de agosto de 1997


publicado por Fundação Saramago
Lunes, 7 de Mayo 2012
Los desencuentros y turbulencias de la relación entre Portugal y Brasil son consecuencia probablemente de un equívoco. Se nos metió en la cabeza que estamos obligados a unirnos por un amor más que perfecto, por una comprensión ejemplar, por una ligazón espiritual sin par en el universo. Y que si no puede ser así, entonces no vale la pena. Oscilamos, por lo tanto, entre el todo y la nada, como si anduviésemos incubando desde hace siglos una pasión tempestuosa (en todo caso más sufrida en este lado que en aquél), la cual, no pudiendo alcanzar la consu- mación plena, fue alimentándose de pequeñas anécdotas, de pequeños despechos, de pequeños rencores, siempre demostrativos de que la culpa es del otro. La historia del viejo, del joven y del burro parece haber sido escrita para mostrar cómo en el día a día de la relación entre portugueses y brasileños se originan conflictos, se insinúan sospechas de segundas intenciones, se diseñan conscientes o inconscientes desdenes. Claro que el símil no es exacto en todos sus extremos. Si es cierto que los portugueses no se opondrían demasiado a desempeñar el papel de viejo (así lo aconsejarían los siglos de historia de que tanto se presume), si el personaje del joven les sienta como un guante a los brasileños (independientes, por decirlo así, desde anteayer), es dudoso que haya alguien en cualquiera de las dos márgenes atlánticas dispuesto a reconocerse en el burro, incluso siendo el que menos culpa tiene en la historieta. Que para ilustración de nuevas generaciones brevemente se narra.
(El abuelo iba a pie y el nieto en el burro. Se cruzaron con una persona a quien le pareció mal el caso: qué vergüenza, el pobre viejo andando y el joven regalado en el aseladero. Atento a los murmullos del mundo, el abuelo hizo bajar al joven y ocupó el lugar en el lomo del jumento. Inmediatamente protestó otro contra el atentado: el infeliz niño pisando el polvo de los caminos, mientras el malandrín del viejo viaja repanchingado en la albarda. Bajó entonces el abuelo y decidió que seguirían los dos a pie, dejando al burro sin carga. Pero pronto otro paseante se rió de la estupidez: ésos tienen una bestia de carga y no se sirven de ella. Ante esto el viejo volvió a sentar al nieto en el burro y se montó detrás, pero enseguida apareció otra persona protestando contra la crueldad con que los despiadados trataban al animalico, obligándolo a aguantar doble carga. Entonces el viejo dijo: “Dejemos que digan lo que quieran y vayamos como al principio”. Subió el nieto al lomo del jumento, y, con la lección aprendida, siguieron los tres su destino).
Hay mucho de esta historia del viejo, el joven y el burro en las relaciones luso-brasileñas. No damos un paso sin que nos atropellen dificultades, unas que nacen allí, otras que vienen de lejos pero renovadas y mejoradas para la ocasión. Todavía las firmas no se han secado en algunos tratados y acuerdos laboriosamente tejidos y ya los patriotas con carnet de un lado y otro comienzan a gritar que nos están engañando. Nunca se ha visto a gente que desconfíe tanto del compañero al que al mismo tiempo llama hermano. Sobre la mesa se asiste a un florecer continuo de retórica vana, bordada de artificios y apariencias, mientras por debajo hierven las chanzas y los chistes insultantes. Se pone milagrosamente de pie, tente no te caigas, una CPLP (Comunidad de Países de Lengua Portuguesa), e inmediatamente se comienza a minar el suelo para que se desmorone y hunda. Proclamamos reciprocidad de derechos y enseguida tratamos de cerrar la puerta a quien los reivindica. Imaginamos una fraternidad que no existe de hecho, hacemos de ella un techo bajo el cual nos abrigaríamos juntos, como hermanos o primos carnales, y todos los días vemos que el tal techo no tiene columnas que lo sustenten duradera- mente, que casi todo lo que debajo se dice y se hace es para desmentirlo o anularlo al día siguiente.
Pongamos entonces el amor a un lado, dejémonos de hermandades postizas, compórtese Portugal como si Brasil fuera cualquier otro país con el que simplemente mantiene buenas relaciones. Haga Brasil lo mismo en relación con nosotros. Después identifiquemos intereses comunes a los dos países, definamos claramente las opciones, pongamos los medios necesarios, y, acometido esto, trabajemos juntos. Sin discursos. ¿Quién sabe si el amor (un verdadero amor hecho de respeto mutuo y de dignidad discreta) no vendrá después? Ya se ha intentado todo, y no ha dado resultado. Al menos el abuelo de la historia acabó comprendiendo.
(publicado en la revista Visão y en Cuadernos de Lanzarote, 2, 14 setembre 1997)

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