Jueves, 29 de Enero 2009
Parece que la cosa está bien encaminada. El presidente de Estados Unidos, que no se llama Mesías, sino Barack Obama, firmó ayer una ley denominada de Equidad o Igualdad Social. La “responsable” directa de este documento es una mujer, una trabajadora que, tras descubrir que llevaba toda la vida ganando menos exactamente por ser mujer, presentó queja contra la empresa y ganó el pleito. Como en una prueba deportiva de relevos, esta mujer blanca, llamada Lilly Ledbetter, le pasó el testigo al corredor siguiente, un negro con nombre musulmán, 44º. presidente de la nación norteamericana. De repente, el mundo me parece más limpio, más prometedor. Por favor, no me roben esta esperanza.[caption id="attachment_399" align="aligncenter" width="450" caption="REUTERS - 30-01-2009 - Publicada en El País"]obama-ledbetter[/caption]


publicado por Fundação Saramago
Miércoles, 28 de Enero 2009
Los ojos que tengo no me han servido de mucho. Veo las letras que voy lanzando, una tras otra, sobre la página blanca del ordenador, formo palabras que, mejor o peor, le van contando a quienes me leen ciertas opiniones, ciertas ideas que llamo mías, visiones del mundo les llamaría retóricamente si el mundo se dejase conocer por tan poco. Mucho de lo que veo, sólo lo veo porque otros lo han visto antes. Me duele hasta el remordimiento haber sido tan pocas veces en mi vida el que vio. En rigor, no vivo en una burbuja protectora, pero me doy cuenta de que estoy rodeado de personas dispuestas a evitarme choques que, dicen, e tal vez alguna razón tengan, podrían afectar negativamente mi trabajo. No sé. Lo que sí sé es que el muro de que me siento a veces rodeado, al final es más frágil de lo que parece, lo acometen frecuentemente, con particular violencia, las investidas brutales de la realidad. El libro reciente al que el fotógrafo Gervasio Sánchez le ha dado el título de Sarajevo es uno de eses casos. Aquí le manifiesto mi profunda gratitud por haberme permitido ver con sus ojos, ya que los míos para tan poco me han servido. Y le agradezco también la lealtad personal y profesional que lo condujo a escribir que “la guerra no se puede contar”. Para que no tengamos ilusiones, nosotros los que escribimos.

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Discurso pronunciado por Gervasio Sánchez (periodista y fotógrafo) durante la entrega de los premios Ortega y Gasset

Estimados miembros del jurado, señoras y señores:Es para mí un gran honor recibir el Premio Ortega y Gasset de Fotografía convocado por El País, diario donde publiqué mis fotos iniciáticas de América Latina en la década de los ochenta y mis mejores trabajos realizados en diferentes conflictos del mundo durante la década de los noventa, muy especialmente las fotografías que tomé durante el cerco de Sarajevo. ….Quiero dar las gracias a los responsables de Heraldo de Aragón, del Magazine de La Vanguardia y la Cadena Ser por respetar siempre mi trabajo como periodista y permitir que los protagonistas de mis historias, tantas veces seres humanos extraviados en los desaguaderos de la historia, tengan un espacio donde llorar y gritar.No quiero olvidar a las organizaciones humanitarias Intermon Oxfam, Manos Unidas y Médicos Sin Fronteras, la compañía DKV SEGUROS y a mi editor Leopoldo Blume por apoyarme sin fisuras en los últimos doce años y permitir que el proyecto Vidas Minadas al que pertenece la fotografía premiada tenga vida propia y un largo recorrido que puede durar décadas.Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo, a la que ustedes han conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas, el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña colombiana Mónica Paola Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a los ocho años.Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la muerte, he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la universidad. Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi.Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de la minas y al desminado.Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suarez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas.Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos.Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte.Muchas gracias.

gervasio1Prémio Ortega y Gassett de fotografía


publicado por Fundação Saramago
Martes, 27 de Enero 2009
El atrevimiento no ha tenido otra consecuencia que el (in)esperado interés que despertó el blog de ayer sobre Hillary Clinton y la sugerencia de que recupere su auténtico apellido, Rodham. No hubo queja diplomática, la Secretaría de Estado no emitió ningún comunicado ni consta que The New York Times se haya hecho eco de mi texto. Mañana cambiaré de asunto. Entretanto, descanso y contemplo.

¿Clinton?

¿Qué Clinton? ¿El marido, que ya ha pasado a la historia? ¿O la mujer, cuya historia, en mi opinión, sólo ahora va a comenzar, por muy senadora que haya sido? Quedémonos con la mujer. Invitada por Barack Obama para la Secretaría de Estado, tendrá, por primera vez, una gran oportunidad para mostrarle al mundo y a sí misma lo que realmente vale. Obviamente también la tendría, y con más razones, si hubiese ganado las elecciones a la presidencia de Estados Unidos. No ganó. En todo caso, como se dice en mi tierra, quien no tiene perro, caza con gato, y creo que todos estaremos de acuerdo en que la secretaria de Estado norte-americana, gato no es, sino tigre, felinos uno y otro. A pesar de que la persona nunca me ha caído especialmente simpática, le deseo a Hillary Diane Rohdam los mayores triunfos, y el primero de todos es que se mantenga siempre a la altura de sus responsabilidades y de la dignidad que la función, por principio, exige.Lo dicho hasta aquí no es nada más que una introducción al tema que he decidido tratar hoy. El lector atento se habrá dado cuenta de que escribí el nombre completo de la nueva secretaria de Estado, es decir, Hillary Diane Rodham. No ha sido por casualidad. Lo he hecho para dejar claro que el apellido Clinton no le vino dado por nacimiento, para mostrar que su apellido no es Clinton y que haberlo adoptado, ya sea por convención social, ya sea por conveniencia política, en nada altera la verdad de las cosas: se llama Hillary Diane Rodham o, en caso de que prefiera abreviarlo, Hillary Rodham, mucho más atractivo que el gastado y cansado Clinton. Ni uno ni otro me conocen, nunca han leído una línea mía, pero me permito dejar aquí un consejo, no al ex presidente, que nunca les ha prestado gran atención a los consejos, sobre todo si eran buenos. Le hablo directamente a la secretaria de Estado. Deje el apellido Clinton, que se parece mucho a una chaqueta rozada y con los codos rotos, recupere su apellido, Rodham, que supongo que será el de su padre. Si él todavía vive ¿ha pensado en el orgullo que sentiría? Sea una buena hija, dé esa alegría a la familia. Y ya de paso, a todas las mujeres que consideran que la obligación de llevar el apellido del marido fue y sigue siendo una forma más, y no la menos importante, de disminución de identidad personal y de acentuar la sumisión que de las mujeres siempre se ha esperado.

publicado por Fundação Saramago
Lunes, 26 de Enero 2009
¿Qué Clinton? ¿El marido, que ya ha pasado a la historia? ¿O la mujer, cuya historia, en mi opinión, sólo ahora va a comenzar, por muy senadora que haya sido? Quedémonos con la mujer. Invitada por Barack Obama para la Secretaría de Estado, tendrá, por primera vez, una gran oportunidad para mostrarle al mundo y a sí misma lo que realmente vale. Obviamente también la tendría, y con más razones, si hubiese ganado las elecciones a la presidencia de Estados Unidos. No ganó. En todo caso, como se dice en mi tierra, quien no tiene perro, caza con gato, y creo que todos estaremos de acuerdo en que la secretaria de Estado norte-americana, gato no es, sino tigre, felinos uno y otro. A pesar de que la persona nunca me ha caído especialmente simpática, le deseo a Hillary Diane Rodham los mayores triunfos, y el primero de todos es que se mantenga siempre a la altura de sus responsabilidades y de la dignidad que la función, por principio, exige.

Lo dicho hasta aquí no es nada más que una introducción al tema que he decidido tratar hoy. El lector atento se habrá dado cuenta de que escribí el nombre completo de la nueva secretaria de Estado, es decir, Hillary Diane Rodham. No ha sido por casualidad. Lo he hecho para dejar claro que el apellido Clinton no le vino dado por nacimiento, para mostrar que su apellido no es Clinton y que haberlo adoptado, ya sea por convención social, ya sea por conveniencia política, en nada altera la verdad de las cosas: se llama Hillary Diane Rodham o, en caso de que prefiera abreviarlo, Hillary Rodham, mucho más atractivo que el gastado y cansado Clinton. Ni uno ni otro me conocen, nunca han leído una línea mía, pero me permito dejar aquí un consejo, no al ex presidente, que nunca les ha prestado gran atención a los consejos, sobre todo si eran buenos. Le hablo directamente a la secretaria de Estado. Deje el apellido Clinton, que se parece mucho a una chaqueta rozada y con los codos rotos, recupere su apellido, Rodham, que supongo que será el de su padre. Si él todavía vive ¿ha pensado en el orgullo que sentiría? Sea una buena hija, dé esa alegría a la familia. Y ya de paso, a todas las mujeres que consideran que la obligación de llevar el apellido del marido fue y sigue siendo una forma más, y no la menos importante, de disminución de identidad personal y de acentuar la sumisión que de las mujeres siempre se ha esperado.

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Las preguntas ¿Quién eres? o ¿Quién soy? tienen respuestas fáciles: uno cuenta su vida y así se presenta a los otros. La pregunta que no tiene respuesta se formula de otra manera: ¿Qué soy yo? No “quien”, sino “qué”. La persona que se haga esta pregunta se enfrentará a una página en blanco y lo peor es que no será capaz de escribir una sola palabra.

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