Jueves, 2 de Octubre 2008
Que la familia está en crisis nadie se atreverá a negarlo, por mucho que la iglesia católica intente disimular el desastre bajo la capa de una retórica meliflua que ni a ella misma engaña, que muchos de los denominados valores tradicionales de convivencia familiar y social se fueron agua abajo arrastrando consigo incluso los que deberían haber sido defendidos de los continuos ataques perpetrados por la sociedad altamente conflictiva en que vivimos, que la escuela moderna, continuadora de la escuela antigua, la que, durante sucesivas generaciones fue tácitamente encargada, a falta de mejor, de suplir las fallas educacionales de los agregados familiares, está paralizada, acumulando contradicciones, errores, desorientada entre métodos pedagógicos que en realidad no lo son, y que, demasiadas veces, no dejan de ser modas pasajeras o experimentos voluntaristas condenados al fracaso por la propia ausencia de madurez intelectual y por la dificultad de formular y responder a la pregunta, esencial a mi entender: ¿qué ciudadano estamos formando? El panorama no es agradable a la vista. Singularmente, nuestros más o menos dignos gobernantes no parece que se preocupan con estos problemas tanto cuanto deberían, talvez porque piensan que, siendo los dichos problemas universales, la solución, cuando llegue a ser encontrada, será automática, para todo el mundo.No estoy de acuerdo. Vivimos en una sociedad que parece haber hecho de la violencia un sistema de relaciones. La manifestación de una agresividad que es inherente a la especie que somos, y que hace tiempo pensamos que, por la educación, habíamos controlado, irrumpió brutalmente de las profundidades en los últimos veinte años en todo el espacio social, estimulada por modalidades de ocio que dieron la espalda al simple hedonismo para transformarse en agentes condicionantes de la propia mentalidad del consumidor: la televisión, en primer lugar, donde imitaciones de sangre, cada vez más perfectas, saltan en chorros a todas las horas del día y de la noche, los videojuegos que son como manuales de instrucciones para alcanzar la perfecta intolerancia y la perfecta crueldad, y porque todo esto está ligado, las avalanchas de publicidad de servicios eróticos a que los periódicos, incluidos los más bienpensantes, dan las bienvenidas, mientras las páginas serias (¿lo son algunas?) abundan hipócritamente en lecciones de buena conducta a la sociedad. ¿Que estoy exagerando? Explíquenme entonces como hemos llegado a la situación de que muchos padres tengan miedo de los hijos, de esos gentiles adolescentes, esperanza del mañana, en quienes un “no” del padre o de la madre, cansados de exigencias irracionales, instantáneamente desencadena una furia de insultos, de vejámenes, de agresiones. Físicas, para que no queden dudas. Muchos padres tienen sus peores enemigos en casa: son sus propios hijos. Ingenuamente, Rubén Darío escribió eso de “juventud, divino tesoro”. No lo escribiría hoy.

publicado por Fundação Saramago
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