Jueves, 5 de Febrero 2009
Al comienzos de la década de los 60, cuando trabajaba en una editorial de Lisboa, publiqué un libro con el título de Seis millones de muertos en que se relataba la acción de Adolf Eichmann como principal ejecutor de la operación de exterminio de judíos (seis millones fueron) llevada a cabo de modo sistemático, casi científico, en los campos de concentración nazis. Crítico como he sido siempre con los abusos y represiones ejercidas por Israel sobre el pueblo palestino, mi principal argumento para esa condena es y sigue siendo de orden moral: los inenarrables sufrimientos infligidos a los judíos a lo largo de la Historia y, sobre todo, en el marco de la llamada “solución final”, deberían ser para los israelíes de hoy (desde los últimos sesenta años para mayor exactitud) la mejor de las razones para no imitar en tierra palestina a sus verdugos. De lo que Israel necesita realmente es de una revolución moral. Firme en esta convicción nunca he negado el Holocausto, solamente me he permitido extender esa noción a los vejámenes, a las humillaciones, a las violencias de todo tipo a que el pueblo palestino ha estado sometido. Es mi derecho y los actos se encargan de irme dando la razón.Soy un escritor libre que se expresa tan libremente como la organización del mundo que tenemos lo permite. No dispongo de tanta información sobre este asunto como la que está al alcance del papa y de la Iglesia Católica en general, lo que conozco de estas materias desde el principio de los años 60 me basta. Me parece por tanto altamente reprobable el comportamiento ambiguo del Vaticano en toda esta cuestión de los obispos de obediencia Lefebvre, primero excomulgados y ahora limpios de pecado por decisión papal. Ratzinger nunca ha sido persona de mis simpatías intelectuales. Lo veo como alguien que se esfuerza por disimular y ocultar lo que efectivamente piensa. En miembros de la Iglesia no es procedimiento raro, pero a un papa hasta un ateo como yo tiene derecho de exigirle un comportamiento frontal, coherencia y consistencia crítica. Y auto-crítica.

publicado por Fundação Saramago
Miércoles, 4 de Febrero 2009
¿Qué hacer con estos banqueros? Se cuenta que en los primordios de la banca, allá por los siglos XVI y XVII, los banqueros, por lo menos en Europa central, eran por lo general calvinistas, gente con un código moral exigente que, durante cierto tiempo, tuvo el loable escrúpulo de aplicarlo a su profesión. Tiempo que sería breve, visto el infinito poder corruptor del dinero. En fin, la banca mudó mucho y siempre para peor. Ahora, en plena crisis económica y del sistema financiero mundial, comenzamos a tener la incómoda sensación de que quien saldrá mejor parado de la tormenta serán precisamente los señores banqueros. En todas partes, los gobiernos, siguiendo la lógica del absurdo, corrieron a salvar la banca de los apuros de los que, en grande parte, había sido responsable. Millones de millones han salido de las arcas de los Estados (o del bolsillo de los contribuyentes) para reflotar a centenares de grandes bancos, de manera que puedan retomar una de sus principales funciones, la crediticia. Parece que hay señales graves de que los banqueros se crecieron, considerando abusivamente que ese dinero, por estar en sus manos, les pertenecía, y, como si esto no fuera suficiente, reaccionan con frialdad a la presión de los gobiernos para que se ponga rápidamente en circulación, única manera de salvar de la quiebra a miles de empresas y del desempleo a millones de trabajadores. Está claro que los banqueros no son personas de confianza, la prueba es la facilidad con que muerden la mano de quien les da de comer.

publicado por Fundação Saramago
Martes, 3 de Febrero 2009
He leído qua la reunión de Davos este año no ha sido precisamente un éxito. Ha faltado mucha gente, la sombra de la crisis heló sin piedad las sonrisas, los debates no tuvieron interés real, tal vez porque nadie sabía bien qué decir, temiendo que los hechos concretos del día siguiente pusieran en ridículo los análisis y las propuestas con tanto esfuerzo engendradas para corresponder, aunque fuera por mera casualidad, las más que modestas expectativas creadas. Sobre todo se habla mucho de una inquietante falta de ideas, hasta se ha llegado a admitir que el “espíritu de Davos” ha muerto. Personalmente nunca he visto que sobrevolara por allí un “espíritu”, o algo más o menos merecedor de esa designación. En cuanto a la alegada falta de ideas, me sorprende que sólo ahora se haya hecho esa referencia, puesto que ideas, lo que, con todo el respeto, llamamos ideas, nunca salió de allí ni una que sirviera de muestra. Davos ha sido durante treinta años la academia neocon por excelencia y, por lo que puedo recordar, no se oyó ni una sola voz en el paradisíaco hotel suizo que apuntara los caminos peligrosos que el sistema financiero y la economía venían transitando. Cuando ya se estaban sembrando vientos nadie quiso ver que se acercaban las tempestades. Y ahora nos dicen que no hay ideas. Vamos a ver si surgen cuando el pensamiento único ya no tiene más mentiras que ofrecernos.

publicado por Fundação Saramago
Domingo, 1 de Febrero 2009
¿Habrá leído el dignísimo fiscal de Badalona Los Miserables de Víctor Hugo, o pertenece a esa parte de la humanidad que cree que la vida se aprende en los códigos? La pregunta obviamente es retórica y, si la hago, es sólo para facilitar la entrada en la materia. Así, el lector ilustrado sabe desde ya que el tal fiscal podría ser, con entera justicia, una de las figuras que Víctor Hugo plantó en su libro, la del acusador público. El protagonista de la historia, Jean Valjean (¿le suena este nombre, señor fiscal?), fue acusado de haber robado (y de hecho había robado) un pan, crimen que le costó casi una vida de reclusión dadas las sucesivas condenas motivadas por las repetidas tentativas de fuga, más logradas unas que otras. Jean Valjean sufría de una enfermedad que ataca mucho a la población reclusa, el ansia de libertad. El libro es enorme, de esos de los que hoy se dice que le sobran páginas, y seguramente no le interesará al señor fiscal que con probabilidad ya no está en edad de leerlo: Los Miserables es lectura de juventud, después llega el cinismo y son pocos los adultos que tienen paciencia para interesarse por la miseria y por las desventuras de Jean Valjean. Pese a todo, también puede suceder que yo esté equivocado: tal vez el señor fiscal haya leído Los Miserables… Si es así, permítame una pregunta: ¿como osa (si el verbo le parece demasiado fuerte que use cualquiera de los equivalentes) pedir un año y medio de prisión para el mendigo que en Badalona intentó robar una “baguette”, y digo intentó porque sólo consiguió llevarse la mitad? ¿Cómo lo hace? ¿Será porque, en vez de un cerebro, tiene en su cráneo, como único mobiliario, un código? Acláremelo, por favor, para que comience a preparar mi defensa por si alguna vez me tengo que enfrentar a un ejemplar da su especie.

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