Miércoles, 22 de Octubre 2008
En estos últimos días se ha abierto el tiro al blanco contra el juez Garzón. Incluso quienes lo defienden argumentan que tiene una personalidad controvertida, como si todo hijo de vecino tuviera que ser idéntico a su semejante... El caso es que Garzón, con sus autos singulares, es el juez que más alegrías ha proporcionado a quienes, pese a todo, esperamos mucho de la justicia o, mejor dicho, de los encargados de administrarla. Garzón ha intervenido, a raíz de las denuncias que le presentaron, en un asunto que es más grande que él y que todos los estamentos judiciales juntos: la guerra civil española, la ilegalidad del franquismo, la dignidad de quienes defendieron la República y un modo de vivir la vida. Él sabe que quizá tenga que abandonar el campo, pero las puertas ya están abiertas para que se restituyan verdades junto a reconocimientos e incluso, por fin, entierros. La transición española, una época de posibilismo, no es una patente de corso: la izquierda cedió porque los militares y el franquismo social estaban apuntando, pero no se rindió, no dijo “esta palabra es definitiva”, simplemente esperó a que llegara el día de contar a sus muertos y llamar a las cosas por su nombre. Garzón ha ayudado con su posición y nunca una alegría mayor ha sido deparada a las víctimas de aquella guerra, las que consiguieron sobrevivir hasta hoy.El Juez Garzón no es un sectario. Entiende que nada humano le es ajeno y entra en los asuntos que considera delitos porque para eso tiene autoridad. También se pregunta si los verdugos tienen alma, señal más que suficiente para entender que analiza desde las dos orillas. Hace unos meses me pidió un prólogo para un trabajo que había realizado con el periodista Vicente Romero. Era, ya digo, una indagación sobre el comportamiento de los verdugos. Recomiendo vivamente la lectura de este libro, El alma de los verdugos, ed. RBA,  y, mientras lo tienen entre las manos, les dejo las líneas que, a manera de prólogo, escribí para Baltasar Garzón y Vicente Romero.

 

¿Tienen alma los verdugos?

Un alma a la que fuera posible considerar responsable de todos y cada uno de los actos cometidos nos obligaría a reconocer, usando la razón, la total inocencia del cuerpo, reducido a ser el instrumento pasivo de una voluntad, de un querer, de un desear no específicamente localizables en ese mismo cuerpo. La mano, en estado de reposo, con sus huesos, nervios y tendones, está dispuesta a cumplir en el instante siguiente la orden que le sea dada y de la que por sí misma no es responsable, ya sea para regalar una flor o para apagar un cigarrillo  en la piel de una persona. Por otro lado, atribuir, a priori, la responsabilidad de todas nuestras acciones a una identidad inmaterial, el alma, que, a través de nuestra conciencia, sería, al mismo tiempo, juez de esas acciones, nos conduciría a un círculo vicioso en que la sentencia final tendría que ser la no imputabilidad. Sí, admitamos que el alma es responsable, sin embargo ¿dónde está el alma para que podamos ponerle las esposas y llevarla ante un tribunal? Sí, está demostrado que el martillo que destrozó el cráneo de esta persona fue manejado por esta mano, pero, si la mano que mató fue la misma que, tan inconsciente de una cosa como de la otra, ofreció simplemente una flor ¿cómo podríamos incriminarla? ¿La flor absuelve el martillo?Dicho quedó más arriba que la voluntad, el querer, el desear (sinónimos que, pese a no serlo efectivamente, no pueden vivir separados) carecen de un lugar específico en el cuerpo donde puedan ser localizados. Es cierto. Nadie puede afirmar, por ejemplo, que la voluntad está alojada entre los dedos medio e índice de una mano en este momento en que está ocupada estrangulando a alguien con la ayuda de su colega del lado izquierdo. Sin embargo, todos intuimos que si la voluntad tiene casa propia, y seguro que la tiene, solo podrá estar en el cerebro, ese complejo universo cuyo funcionamiento, en gran parte (la corteza cerebral tiene cerca de 5mm. de espesura y contiene 70 mil millones de células nerviosas dispuestas en 6 capas ligadas entre sí) se encuentra todavía por estudiar. Somos el cerebro que en cada momento tenemos, y ésta es la única verdad esencial que podemos enunciar sobre nosotros mismos. ¿Qué es, entonces, la voluntad? ¿Es algo material? No entiendo, no lo entiende nadie, con qué clase de argumentos sería defendible una supuesta materialidad de la voluntad sin la presentación de una “muestra material” de esas misma materialidad...El voluntarismo, como suele ser conocido, es la teoría que sustenta que la voluntad es el fundamento del ser, el principio de la acción o, también, la función esencial de la vida animal.  En el aristotelismo y el estoicismo de la antigüedad clásica se aprecian ya tendencias voluntaristas. En la filosofía contemporánea son voluntaristas Schopenhauer (la voluntad como esencia del mundo, más allá de la representación cognitiva) y Nietzsche (la voluntad de poder como principio de la vida ascendente).  Esto es serio y, como todas las evidencias, necesitaría aquí de alguien, no de quien está escribiendo estas líneas, capaz de relacionar unas y otras reflexiones filosóficas sobre la voluntad con el contenido de este libro, cuyo titulo es, no lo olvidemos, El alma de lo Verdugos. Aquí talvez tuviera que detenerme si, afortunadamente para mis brios, no me hubiese saltado a los ojos, mirando con mano distraída en un modesto diccionario, la siguiente definición: “Voluntad: Capacidad de determinación para hacer o no algo. En ella radica la libertad”. Como se ve, nada más claro: Con la voluntad puedo determinar si hago o no hago algo, con la libertad soy libre para determinar si en un sentido o en otro. Habituados como estamos en el lenguaje a considerar voluntad y libertad como conceptos en si mismos positivos, nos damos cuenta de pronto, con un instintivo temor, que las lustrosas medallas que llamamos libertad y voluntad pueden exhibir por la otra cara su absoluta y total negación. Usando su libertad (por más extraño que nos parezca la utilización de la palabra en esta acepción) el general Videla se convertiría, por voluntad propia, repito por voluntad propia, en uno de los más detestables protagonistas de la sangrienta y por lo visto infinita historia de la tortura y del asesinato en el mundo. También usando su voluntad y su libertad los verdugos argentinos cometieron su infame trabajo. Quisieron hacerlo y lo hicieron. Ningún perdón es, por tanto, posible. Ninguna reconciliación nacional o particular.Importa poco saber si tienen alma, es más, de ese asunto deberá estar informado, mejor que nadie, el sacerdote católico argentino Christian Von Vernich que fue condenado hace unos meses a prisión perpetua por genocidio. Seis asesinatos, torturas a 34 personas y secuestro ilegal en 42 casos, esta es su hoja de servicios. Y hasta es posible, permítaseme la trágica ironía, que alguna vez le haya dado la extremaunción a una de sus victimas...

publicado por Fundação Saramago
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