Martes, 14 de Julio 2009
La obra de ficción de Aquilino Ribeiro fue la primera y tal vez la única mirada sin ilusiones lanzada sobre el mundo rural portugués, el interior casi siempre. Sin ilusiones, aunque con pasión, si por pasión queremos entender, como sucede en el caso de Aquilino, no la exhibición sin recato de un enternecimiento, no la suave lágrima que fácilmente se enjuga, no las simples complacencias del sentir, sino una cierta emoción áspera que prefiere ocultarse tras la brusquedad del gesto y de la voz. Aquilino no tuvo continuadores, aunque no pocos se hayan declarado o propuesto como sus discípulos. Creo que no ha pasado de un equívoco bien intencionado esa pretendida relación discipular, Aquilino es una enorme piedra, solitaria y enorme, que irrumpió del suelo en medio del sendero principal de nuestra florida y a veces delicuescente literatura de la primera mitad del siglo. En eso no fue el único aguafiestas, pero, artísticamente hablando, y también por las virtudes y defectos de su propia persona, habrá sido el más coherente y perseverante. No lo supieron comprender generalmente los neorrealistas, aturdidos por la exuberancia verbal de algún modo arcaizante del maestro, desorientados por el comportamiento “instintivo” de muchos de sus personajes, tan competentes en lo bueno como en lo malo, y más competentes aún cuando se trataba de intercambiar los sentidos del mal y del bien, en una especie de juego a la vez jovial y asustador, pero, sobre todo, descaradamente humano. Tal vez la obra de Aquilino haya sido, en la historia de la lengua portuguesa, un punto extremo, un ápice, por ventura suspendido, por ventura interrumpido en su impulso profundo, pero expectante de nuevas lecturas que vuelvan a ponerlo en movimiento. ¿Surgirán esas lecturas nuevas? Más exactamente ¿surgirán los lectores para ese leer nuevo? ¿Sobrevivirá Aquilino, sobreviviremos los que hoy escribimos a la pérdida de la memoria, no solo colectiva, sino individual, de los portugueses, de cada portugués, a esa insidiosa y en el fondo estúpida borrachera de modernidad que anda confundiéndonos el sistema circulatorio de las ideas e intoxicándonos de nuevos engaños la sesera lusitana? El tiempo, que todo lo sabe, lo dirá. No nos damos cuenta de que, abandonando nuestra propia memoria, olvidando, por renuncia o pereza mental, lo que fuimos, el vacío por ese modo generado será (ya lo está siendo) ocupado por memorias ajenas que pasaremos a considerar nuestras y que acabaremos por convertir en únicas, volviéndonos así cómplices, al mismo tiempo que víctimas, de una colonización histórica y cultural sin retorno. Se diría que los mundos real y de ficción de Aquilino murieron. Tal vez sea así, pero esos mundos fueron nuestros, y esa debería ser la mejor razón para que continúen siéndolo. Al menos por la lectura.

publicado por Fundação Saramago
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