Lunes, 7 de Mayo 2012
Los desencuentros y turbulencias de la relación entre Portugal y Brasil son consecuencia probablemente de un equívoco. Se nos metió en la cabeza que estamos obligados a unirnos por un amor más que perfecto, por una comprensión ejemplar, por una ligazón espiritual sin par en el universo. Y que si no puede ser así, entonces no vale la pena. Oscilamos, por lo tanto, entre el todo y la nada, como si anduviésemos incubando desde hace siglos una pasión tempestuosa (en todo caso más sufrida en este lado que en aquél), la cual, no pudiendo alcanzar la consu- mación plena, fue alimentándose de pequeñas anécdotas, de pequeños despechos, de pequeños rencores, siempre demostrativos de que la culpa es del otro. La historia del viejo, del joven y del burro parece haber sido escrita para mostrar cómo en el día a día de la relación entre portugueses y brasileños se originan conflictos, se insinúan sospechas de segundas intenciones, se diseñan conscientes o inconscientes desdenes. Claro que el símil no es exacto en todos sus extremos. Si es cierto que los portugueses no se opondrían demasiado a desempeñar el papel de viejo (así lo aconsejarían los siglos de historia de que tanto se presume), si el personaje del joven les sienta como un guante a los brasileños (independientes, por decirlo así, desde anteayer), es dudoso que haya alguien en cualquiera de las dos márgenes atlánticas dispuesto a reconocerse en el burro, incluso siendo el que menos culpa tiene en la historieta. Que para ilustración de nuevas generaciones brevemente se narra.
(El abuelo iba a pie y el nieto en el burro. Se cruzaron con una persona a quien le pareció mal el caso: qué vergüenza, el pobre viejo andando y el joven regalado en el aseladero. Atento a los murmullos del mundo, el abuelo hizo bajar al joven y ocupó el lugar en el lomo del jumento. Inmediatamente protestó otro contra el atentado: el infeliz niño pisando el polvo de los caminos, mientras el malandrín del viejo viaja repanchingado en la albarda. Bajó entonces el abuelo y decidió que seguirían los dos a pie, dejando al burro sin carga. Pero pronto otro paseante se rió de la estupidez: ésos tienen una bestia de carga y no se sirven de ella. Ante esto el viejo volvió a sentar al nieto en el burro y se montó detrás, pero enseguida apareció otra persona protestando contra la crueldad con que los despiadados trataban al animalico, obligándolo a aguantar doble carga. Entonces el viejo dijo: “Dejemos que digan lo que quieran y vayamos como al principio”. Subió el nieto al lomo del jumento, y, con la lección aprendida, siguieron los tres su destino).
Hay mucho de esta historia del viejo, el joven y el burro en las relaciones luso-brasileñas. No damos un paso sin que nos atropellen dificultades, unas que nacen allí, otras que vienen de lejos pero renovadas y mejoradas para la ocasión. Todavía las firmas no se han secado en algunos tratados y acuerdos laboriosamente tejidos y ya los patriotas con carnet de un lado y otro comienzan a gritar que nos están engañando. Nunca se ha visto a gente que desconfíe tanto del compañero al que al mismo tiempo llama hermano. Sobre la mesa se asiste a un florecer continuo de retórica vana, bordada de artificios y apariencias, mientras por debajo hierven las chanzas y los chistes insultantes. Se pone milagrosamente de pie, tente no te caigas, una CPLP (Comunidad de Países de Lengua Portuguesa), e inmediatamente se comienza a minar el suelo para que se desmorone y hunda. Proclamamos reciprocidad de derechos y enseguida tratamos de cerrar la puerta a quien los reivindica. Imaginamos una fraternidad que no existe de hecho, hacemos de ella un techo bajo el cual nos abrigaríamos juntos, como hermanos o primos carnales, y todos los días vemos que el tal techo no tiene columnas que lo sustenten duradera- mente, que casi todo lo que debajo se dice y se hace es para desmentirlo o anularlo al día siguiente.
Pongamos entonces el amor a un lado, dejémonos de hermandades postizas, compórtese Portugal como si Brasil fuera cualquier otro país con el que simplemente mantiene buenas relaciones. Haga Brasil lo mismo en relación con nosotros. Después identifiquemos intereses comunes a los dos países, definamos claramente las opciones, pongamos los medios necesarios, y, acometido esto, trabajemos juntos. Sin discursos. ¿Quién sabe si el amor (un verdadero amor hecho de respeto mutuo y de dignidad discreta) no vendrá después? Ya se ha intentado todo, y no ha dado resultado. Al menos el abuelo de la historia acabó comprendiendo.
(publicado en la revista Visão y en Cuadernos de Lanzarote, 2, 14 setembre 1997)

publicado por Fundação Saramago
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