Jueves, 6 de Noviembre 2008

Esa mujer de ciento seis años, Ann Nixon Cooper, que Obama citó en su primer discurso como presidente electo de Estados Unidos, talvez llegue a ocupar un lugar en la galería de los personajes literarios favoritos de los lectores norteamericanos, al lado de aquella otra que, viajando en un autobús, se negó a levantarse para darle el asiento a un blanco. No se ha escrito mucho sobre el heroísmo de las mujeres. De entre lo que Obama nos contó sobre Anne Nixon Cooper no sobresalían actos heroicos, salvo los del vivir cotidiano, pero las lecciones del silencio no tienen que ser menos poderosas que las de la palabra. Ciento seis años viendo pasar el mundo, con sus convulsiones, sus logros y sus fracasos, la falta de piedad o la alegría de estar vivo, a pesar de todo. En la noche pasada esa mujer vio la imagen de uno de los suyos en mil carteles y comprendió, no podía dejar de comprenderlo, que algo nuevo estaba sucediendo. O guardó simplemente en el corazón la imagen repetida, a la espera de que su alegría reciba justificación y confirmación. Los viejos tienen estas cosas, de repente abandonan los lugares comunes y avanzan a contracorriente, haciendo preguntas impertinentes y manteniendo silencios obstinados que enfrían la fiesta. Ann Nixon Cooper sufrió esclavitudes varias, por negra, por mujer, por pobre. Vivió sometida, las leyes podrían haber mudado en el exterior, pero no en sus diversos miedos, porque mira a su alrededor y ve mujeres maltratadas, usadas, humilladas, asesinadas, siempre por hombres. Ve que cobran menos que ellos por los mismos trabajos, que tienen que asumir responsabilidades domésticas que se quedarán en la sombra, a pesar de ser necesarias, ve como les obstaculizan los pasos decididos, y sin embargo siguen caminando, o no se levantan en el autobús, contémoslo una vez más, como aquella mujer negra, Rose Banks, que hizo historia, también.

Ciento seis años viendo pasar el mundo. Quién sabe si lo verá bonito, como mi abuela, poco antes de morir, vieja y hermosa, pobre. Talvez la mujer de la que Obama nos habló anoche sintiera la serenidad de la alegría perfecta, talvez lo sepamos un día. Entretanto felicitemos al presidente electo por haberla sacado de su casa, por haberle prestado un homenaje que ella probablemente no necesita, pero nosotros sí. A medida que Obama iba hablando de Ann Nixon Copper nos dábamos cuenta de que cada palabra o ejemplo nos hacía mejores, más humanos, a la vera de una fraternidad total. De nosotros depende que dure este sentimiento.


publicado por Fundação Saramago
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