Miércoles, 17 de Septiembre 2008
Me pregunto cómo y porqué Estados Unidos, un país en todo grande, ha tenido, tantas veces, presidentes tan pequeños. George Bush es tal vez el más pequeño de todos. Inteligencia mediocre, ignorancia abisal, expresión verbal confusa y permanentemente atraída por la irresistible tentación del puro disparate, este hombre se presenta ante la humanidad con la pose grotesca de un cowboy que ha heredado el mundo y lo confunde con una manada de ganado. No sabemos lo que realmente piensa, ni siquiera sabemos si piensa (en el sentido noble de la palabra), no sabemos si no será simplemente un robot mal programado que constantemente confunde y cambia los mensajes que lleva grabados en su interior. Pero, honor le sea hecho al meno una vez en la vida, hay en el robot George Bush, presidente de los Estados Unidos, un programa que funciona a la perfección: el de la mentira. Él sabe que miente, sabe que nosotros sabemos que está mintiendo, pero, por pertenecer al tipo de comportamiento de mentiroso compulsivo, seguirá mintiendo aunque tenga delante de los ojos la más desnuda de las verdades, seguirá mintiendo incluso después de que la verdad le haya reventado ante la cara. Mintió para declarar la guerra a Irak como ya había mentido sobre su pasado turbulento y equívoco, o sea, con la misma desfachatez. La mentira, en Bush viene de muy lejos, la lleva en la sangre. Como mentiroso emérito, es el corifeo de todos esos otros mentirosos que lo han rodeado, aplaudido y servido durante los últimos años.
George Bush expulsó la verdad del mundo para, en su lugar, hacer fructificar la edad de la mentira. La sociedad humana actual está contaminada de mentira como la peor de las contaminaciones morales, y él es uno de los principales responsables. La mentira circula impunemente por todas partes, se ha convertido en una especie de otra verdad. Cuando hace algunos años un primer ministro portugués, cuyo nombre por caridad omito aquí, afirmó que “la política es el arte de no decir la verdad”, no podía imaginarse que George Bush, poco tiempo después, transformaría la chirriante afirmación en una travesura ingenua de político periférico sin conciencia real del valor y del significado de las palabras. Para Bush la política es, simplemente, una de las palancas del negocio, y quizá la mejor de todas, la mentira como arma, la mentira como avanzadilla de los tanques y de los cañones, la mentira sobre las ruinas, sobre los muertos, sobre las míseras y siempre frustradas esperanzas de la humanidad. No es cierto que el mundo sea hoy más seguro, pero no dudemos de que sería mucho más limpio sin la política imperial y colonial del presidente de los Estados Unidos, George Walker Bush, y de cuantos, conscientes del fraude que cometieron, le abrieron el camino hacia la Casa Blanca. La Historia les pedirá cuentas.José Saramago

publicado por Fundação Saramago
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