Lunes, 20 de Octubre 2008
La Constitución Portuguesa entró en vigor el 25 de abril de 1976, dos años después de la Revolución y tras un agitado periodo de luchas entre partidos y de diversos movimientos sociales. Desde entonces ha pasado por siete revisiones, la última en 2005. En muchos de los artículos que la componen, una constitución política es una declaración de intenciones. Que no se rasguen las vestiduras los constitucionalistas. Decirlo no significa  minusvalorar la importancia de esos documentos, en este aspecto paralelo a la Declaración de los Derechos Humanos, en vigor (mejor sería decir en lactancia) desde 1948. Como sabemos, las revisiones constitucionales son una especie de concertaciones en marcha, de ajustes de la realidad social, cuando no el resultado, simplemente, de la voluntad política de una mayoría parlamentaria que le permite proponer o imponer sus opciones. Mirándolo desde otro punto de vista, tal vez por superstición, tal vez por inercia, no es infrecuente que se mantengan en las constituciones, por lo menos en algunas, vestigios “fósiles” de disposiciones que han perdido, en la totalidad o en parte, su sentido original. Solo así se explica que en el Preámbulo de la Constitución Portuguesa se mantenga, intocable, o como una concesión puramente retórica, la expresión “abrir caminos al socialismo”. En un mundo dominado por el más cruel liberalismo económico y financiero nunca imaginado, esa referencia, último eco de mil aspiraciones populares, se arriesga a provocar una sonrisa. Una sonrisa con lágrimas, digámoslo. Las constituciones están ahí, y pienso que bajo esa luz debería ser juzgada la gestión de nuestros gobiernos. La ley de la selva que ha imperado en los últimos treinta años no tendría las consecuencias que están a la vista si los gobiernos, todos, hubiesen hecho de las constituciones de sus países un vademecum de uso diurno y nocturno, una cartilla del buen ciudadano. Tal vez el tremendo choque que el mundo está sufriendo puede inducirnos a hacer de nuestras constituciones algo más que la simple declaración de intenciones que todavía lo son en muchos aspectos. Ojalá

publicado por Fundação Saramago
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