Viernes, 22 de Mayo 2009
En portugués diríamos personas de edad. En un caso y en otro se trata de eufemismos para huir a la aborrecida palabra “viejos”, que pudiendo y debiendo ser tomada como una afirmación vital (“Viví y estoy vivo”), es, con demasiada frecuencia, lanzada contra la cara del mayor como una especie de descalificación moral. Y, pese a todo, por lo menos en mi país, se usaba (¿se usará todavía?) una respuesta definitiva, fulminante, de esas que le tapan la boca al interlocutor: “Viejos son los trapos”, respondían los viejos de mi tiempo a quienes se atrevían a llamarles viejos. Y seguían con su trabajo, sin prestarle más atención a las voces del mundo. Viejos serían, claro, pero no inútiles, no incapaces de meter la sobilla en el lugar cierto del zapato o de guiar a reja del arado con el que anduviese labrando. La vida tenía una cosa mala: era dura. Y tenía una cosa buena: era sencilla.

Hoy sigue siendo dura, pero perdió la sencillez. Tal vez haya sido esta percepción, formulada así o de otra manera, la que hizo nacer la idea de crear una universidad para personas de edad en Castilla-La Mancha, ésa que precisamente se llama Universidad para Mayores y de la que tengo el honor de ser patrono. Personas a quienes la edad obligó a dejar su trabajo ¿qué hacer con ellas? Otras en las que la edad hizo nacer curiosidades que hasta entonces no se habían experimentado ¿qué hacer con ellas? La respuesta no se hizo esperar: crear una universidad para las generaciones de canas y arrugas en la cara, un lugar donde pudiesen estudiar y descubrir mundos del conocimiento ocultos o mal sabidos. Cada una de esas personas, cada una de esas mujeres, cada uno de esos hombres, puede decir cuando abre un libro o escribe la respuesta en un cuestionario: “No me he rendido”. En ese momento un aura de juventud rediviva les cruza por el rostro, en espíritu es como si estuviesen sentados al lado de los nietos, o fueran ellos quienes vinieron a sentarse al lado de sus mayores. El conocimiento une a cada uno consigo mismo y a todos con todos.

Cualquier edad es buena para aprender. Mucho de lo que sé lo he aprendido ya en la edad madura y hoy, con 86 años, sigo aprendiendo con el mismo apetito. No frecuento la Universidad para Mayores Castilla-La Mancha (espero ir un día), pero comparto la alegría (diría incluso la felicidad) de los que allí estudian, esos a quienes me dirijo con estas palabras simples: Queridos Colegas.

publicado por Fundação Saramago
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