Miércoles, 24 de Septiembre 2008
Supongo que en el principio de los principios, antes de que inventáramos el habla, que es, como sabemos, la suprema creadora de incertidumbres, no nos atormentaría ninguna duda seria sobre quienes éramos y sobre nuestra relación personal y colectiva con el lugar en que nos encontrábamos. El mundo, obviamente, sólo podía ser lo que nuestros ojos veían en cada momento, y también, como información complementaria importante, lo que los restantes sentidos – el oído, el tacto, el olfato, el gusto – consiguiesen apreciar. En esa hora inicial el mundo era pura apariencia y pura superficie. La materia era simplemente áspera o lisa, amarga o dulce, agria o insípida, sonora o silenciosa, con olor o sin olor. Todas las cosas eran lo que parecían ser por la única razón de que no había ningún motivo para que pareciesen de otra manera y fuesen otra cosa. En aquellas antiquísimas épocas no se nos pasaba por la cabeza que la materia fuera “porosa”. Hoy, sin embargo, aunque sepamos que, desde el último de los virus hasta el universo, no somos nada más que composiciones de átomos, y que en el interior, además de la masa que les es propia y les define, todavía sobra espacio para el vacío (lo compacto absoluto no existe, todo es penetrable), seguimos, como hicieron nuestros antepasados de las cavernas, aprendiendo, identificando y reconociendo el mundo según la apariencia con que cada vez se nos presenta. Imagino que el espirito filosófico y el espirito científico se manifestaron el día en que alguien tuvo la intuición de que esa apariencia, al mismo tiempo que imagen exterior captable por la conciencia y por ella utilizada como mapa de conocimientos, podía ser, también, una ilusión de los sentidos. Si bien suele aplicarse refiriéndose más al mundo moral que al mundo físico, es conocida la expresión popular que dice: “Las apariencias engañan”. O ilusionan, que es más o menos lo mismo. No faltarían los ejemplos si el espacio diese para tanto.A este escribidor siempre le ha preocupado lo que se esconde tras las meras apariencias, y ahora no estoy hablando de átomos o de subpartículas que, como tal, son siempre apariencia de algo que se esconde. Hablo, sí, de cuestiones corrientes, habituales, cotidianas, como, por ejemplo, el sistema político que denominamos democracia, ése que Churchill decía que era el menos malo de los sistemas conocidos. No dijo el mejor, dijo el menos malo. Por lo que vamos viendo, se diría que lo consideramos más que suficiente, y ése, creo, es un error de percepción que, si nos damos cuenta, vamos pagando todos los días. Volveremos al asunto.

publicado por Fundação Saramago
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