Martes, 23 de Septiembre 2008
Dos veces, o quizá fueran tres, se me presentaron en la Feria del libro, en años pasados, otros tantos lectores, los dos o los tres, cargando el peso de decenas de volúmenes nuevos, compras recientes, y por lo general todavía acondicionados en los sacos de plástico de origen. Al primero que se me presentó de esa manera le hice la pregunta que me pareció más lógica, es decir, si su encuentro con mi trabajo de escritor había sido para él cosa reciente y, por lo visto, fulminante. Me respondió que no, que me leía desde hacía mucho tiempo, pero que se había divorciado, y que la ex-esposa, también lectora entusiasta, se había llevado a su nueva vida la biblioteca de la familia ahora rota. Se me ocurrió entonces, y sobre eso escribí unas líneas en los viejos Cuadernos de Lanzarote, que sería interesante estudiar el asunto desde el punto de vista de lo que en ese momento consideré algo así como la importancia de los divorcios en la multiplicación de las bibliotecas. Reconozco que la idea era algo provocativa, por eso la dejé en paz, al menos para que no me acusaran de colocar mis intereses materiales por encima de la armonía de las parejas. No sé, ni siquiera puedo imaginarlo, cuantas separaciones conyugales habrán dado origen al formación de nuevas bibliotecas sin que vaya eso en detrimento de las antiguas. Dos o tres casos, que esos son los que he conocido, no son suficientes para que nazca una primavera, o, con palabras más explícitas, por ahí no mejorarán ni los lucros del editor, ni mis ingresos por los derechos de autor.Lo que francamente no esperaba era que la crisis económica que nos mantiene en estado de alerta continua hubiera venido a dificultar todavía más los divorcios y, así, la ambicionada progresión aritmética de las bibliotecas, lo que, aspecto en que ciertamente todos estaremos de acuerdo, significa un auténtico atentado contra la cultura. ¿Qué decir, por ejemplo, del problema complejo, y no pocas veces insoluble, que es encontrar hoy comprador para un piso? Si muchos procesos de divorcio se encuentran estancados, si no avanzan en los tribunales, la causa es ésa, y no otra. Peor aún, ¿cómo deberá procederse contra ciertos comportamientos escandalosos ya de dominio público, como es el caso, lamentablemente frecuente y absolutamente inmoral, de seguir viviendo en la misma casa, tal vez no dormir en la misma cama, pero utilizar la misma biblioteca? Se ha perdido el respeto, se ha perdido el sentido de decoro, he aquí la desgraciada situación a la que llegamos. Y que no se diga que la culpa es de Wall Street: en las comedias de televisión que ellos financian no se ve ni un solo libro.

publicado por Fundação Saramago
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