Viernes, 2 de Julio 2010
El juez Baltasar Garzón ha dejado en Lisboa una lección de lo que es o debe de ser el Derecho. La verdad es que, en sentido estricto, en el acto organizado por la Fundación de lo que se habló fue de Justicia. Y de sentido común: de los delitos que no pueden quedar impunes, de las víctimas, que tienen que ser resarcidas, de los tribunales, que tienen que levantar alfombras para ver qué hay por debajo del horror. Y tantas veces, por debajo del horror hay intereses económicos, delitos claramente identificables perpetrados por personas y grupos concretos que no pueden ser ignorados en estados que se proclaman de derecho. Quién sabe si los responsables de los crímenes contra la humanidad, que de otra forma no puedo llamar a esta crisis financiera y económica internacional, no acabarán procesados, como en su día lo fueron Pinochet o Videla u otros dictadores terribles que tanto dolor sembraron. Quién sabe.El juez Baltasar Garzón nos ha hecho entender la importancia de no envilecerse una vez para no ser viles siempre. Quien conculca una vez los derechos humanos, en Guantánamo, por ejemplo, tira por la borda años de derecho y de respeto. No se puede ser cómplice de este caos internacional que la administración Bush ha generado en medio mundo. Ni los gobiernos, ni los ciudadanos.Un auditorio multitudinario y atento siguió las intervenciones del juez con respeto y consideración. Y aplaudió como quien oye no verdades reveladas, sino la voz efectiva que el mundo necesita para no caer en la permisividad de la abyección.La Fundación está contenta: hemos hecho lo que hemos podido para recordar que hay una declaración de Derechos Humanos, que éstos no se respetan pero los ciudadanos tenemos que demandar que no sean papel mojado. Baltasar Garzón cumple su parte y haberlo puesto de manifiesto esta tarde en Lisboa ya nos congratula.

Publicado en El Cuaderno de Saramago, en 12 diciembre 2008


publicado por Fundação Saramago
Jueves, 1 de Julio 2010
En Portugal, en la aldea medieval de Monsaraz, hay un fresco alegórico de finales del siglo XV que representa al Buen Juez y al Mal Juez, el primero con una expresión grave y digna en el rostro y sosteniendo en la mano la recta vara de la justicia, el segundo con dos caras y la vara de la justicia quebrada. Por no se sabe qué razones, estas pinturas estuvieron escondidas tras un tabique de ladrillos durante siglos y solo en 1958 pudieron ver la luz del día y ser apreciadas por los amantes del arte y de la justicia. De la justicia, digo bien, porque la lección cívica que esas antiguas figuras nos transmiten es clara e ilustrativa. Hay jueces buenos y justos a quienes se agradece que existan, hay otros que, proclamándose a sí mismos justos, de buenos tienen poco, y, finalmente, además de injustos, no son, dicho con otras palabras, a la luz de los más simples criterios éticos, buena gente. Nunca hubo una edad de oro para la justicia.Hoy, ni oro, ni plata, vivemos en tiempos de plomo. Que lo diga el juez Baltasar Garzón que, víctima del despecho de algunos de sus pares demasiado complacientes con el fascismo que perdura tras el nombre de la Falange Española y de sus acólitos, vive bajo la amenaza de una inhabilitación de entre doce y dieciséis años que liquidaría definitivamente su carrera de magistrado. El mismo Baltasar Garzón que, no siendo deportista de elite, no siendo ciclista ni jugador de fútbol o tenista, hizo universalmente conocido y respetado el nombre de España. El mismo Baltasar Garzón que hizo nacer en la conciencia de los españoles la necesidad de una Ley de la Memoria Histórica y que, a su abrigo, pretendió investigar no sólo los crímenes del franquismo sino los de las otras partes del conflicto. El mismo corajoso y honesto Baltasar Garzón que se atrevió a procesar a Augusto Pinochet, dándole a la justicia de países como Argentina y Chile un ejemplo de dignidad que luego sería continuado. Se invoca en España la Ley de Amnistía para justificar la persecución a Baltasar Garzón, pero, según mi opinión de ciudadano común, la Ley de Amnistía fue una manera hipócrita de intentar pasar página, equiparando a las víctimas con sus verdugos, en nombre de un igualmente hipócrita perdón general. Pero la página, al contrario de lo que piensan los enemigos de Baltasar Garzón, no se dejará pasar. Faltando Baltasar Garzón, suponiendo que se llegue a ese punto, será la conciencia de la parte más sana de la sociedad española la que exigirá la revocación de la Ley de Amnistía y que prosigan las investigaciones que permitirán poner la verdad en el lugar donde estaba faltando. No con leyes que son viciosamente despreciadas y mal interpretadas, no con una justicia que es ofendida todos los días. El destino del juez Baltasar Garzón está en las manos del pueblo español, no de los malos jueces que un anónimo pintor portugués retrató en el siglo XV.Publicado en El Cuaderno de Saramago, en 13 febrero 2010http://www.josesaramago.org/detalle.php?id=851

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