Jueves, 23 de Abril 2009
Entretanto, el pintor va pintando el retrato de Fernando Pessoa. Está en el comienzo, no se sabe todavía qué rostro elegirá, lo que se puede ver es una levísima pincelada de verde, quizá salga de aquí un perro de ese color para conjuntarlo con un jockey amarillo y un caballo azul, salvo si el verde es sólo el resultado físico y químico por estar el jockey sobre el caballo, como es su profesión y gusto. Pero la gran duda del pintor no tiene nada que ver con los colores que tendrá que emplear, esa dificultad la resolvieron los impresionistas de una vez para siempre, solo los hombres antiguos, los de antes, no sabían que en cada color están todos los colores: la gran duda del pintor es si hay que tener una actitud reverente o irreverente, si pintará esta virgen como S. Lucas pintó la otra, de rodillas, o si tratará a este hombre como el triste desgraciado que fue realmente ridículo para todas las camareras de hotel y escribió cartas de amor ridículas, y si, así autorizado por él mismo, podrá reírse de él pintándolo. La pincelada verde, por ahora, es solamente la pierna del jockey amarillo colocada por este lado de acá del caballo azul. Mientras el maestro no agite la batuta, la música no romperá lánguida y triste, ni el hombre de la tienda comenzará a sonreír entre las memorias de la infancia del pintor. Hay una especie de ambigüedad inocente en esta pierna verde, capaz de transformarse en verde perro. El pintor se deja conducir por la asociación de ideas, para él, pierna y perro se convertirán en meros heterónimos de verde: cosas mucho más increíbles que ésta han sido posibles, no es de extrañar. Nadie sabe lo que pasa en la cabeza del pintor mientras pinta. El retrato está hecho, se juntará a las diez mil representaciones que lo precedieron. Es una genuflexión devota, es una carcajada de burla, da lo mismo, cada una de estos colores, cada uno de estos trazos, sobreponiéndose unos a otros, acercan el momento de la invisibilidad, ese negro absoluto que no reflejará ninguna luz, ni siquiera la luz fulgurante del sol, que haría entonces al breve brillo de una mirada, en frente a apagarse tan pronto. Entre la reverencia y la irreverencia, en un punto indeterminable, estará, tal vez, el hombre que Fernando Pessoa fue. Tal vez, porque tampoco eso es cierto. Albert Camus no lo pensó dos veces cuando escribió: “Si alguien quiere que lo reconozcamos, basta que diga quien es”. En la mayoría de los casos, a lo más lejos que llega quien a tal aventura ose sujetarse es a decir qué nombre le pusieron en el registro civil.

Fernando Pessoa, probablemente, ni a tanto. No le bastaba ser al mismo tiempo Caeiro y Reis, conjuntamente Campos y Soares. Agora que ya no es poeta, sino pintor, y va haciendo su autorretrato, qué rostro pintará, con que nombre firmará el cuadro, en su ángulo izquierdo, o derecho, porque toda la pintura es espejo, de qué, de quién, para qué? El brazo se levanta, por fin, la mano sostiene una pequeña hasta de madera, desde lejos diríamos que es un pincel, pero hay motivos para sospechar: en él no se transporta un color verde, o azul, o amarillo, no se ve ningún color, ninguna pintura. Este es el negro absoluto con que Fernando Pessoa, con sus propias manos, se hará invisible.

Pero los pintores seguirán pintando.

publicado por Fundação Saramago
Miércoles, 22 de Abril 2009
Este texto fue prólogo del catálogo de una exposición de retratos de Fernando Pessoa en la Fundación Calouste Gulbenkian a principios de los años 80, creo que en 85. Como me parece que no hará mala figura en este blog, aquí lo traigo.Qué retrato de sí mismo pintaría Fernando Pessoa si, en vez de poeta, hubiera sido pintor, y de retratos? Colocado de frente ante el espejo, o de medio perfil, oblicuando la mirada a tres cuartos, como quien, de sí mismo escondido, se espía ¿qué rostro elegiría y por cuanto tiempo? El suyo ¿diferente según las edades, semejante a cada una de las fotografías que de él conocemos, o también el de las imágenes no fijadas, sucesivas entre el nacimiento y la muerte, todas las tardes, noches y mañanas, comenzando por la Plaza de S. Carlos y acabando en el Hospital de S. Luís? ¿El de un Álvaro de Campos, ingeniero naval formado en Glasgow? ¿El de Alberto Caeiro, sin profesión ni educación, muerto de tuberculosis en la flor de la edad? ¿El de Ricardo Reis, médico expatriado de quien se perdió el rastro, a pesar de algunas noticias recientes obviamente apócrifas? ¿El de Bernardo Soares, ayudante de contable en la Baixa lisboeta? ¿O de otro cualquiera, fuera Guedes o Mora, ésos tantas veces invocados, innumerables, ciertos, probables e posibles? ¿Se representaría con sombrero en la cabeza? ¿Con la pierna cruzada? ¿Con un cigarro entre los dedos? ¿Con gafas? ¿Con la gabardina puesta o sobre los hombros? ¿Usaría un disfraz, por ejemplo, quitándose el bigote y descubriendo la piel subyacente, de súbito desnuda, de súbito fría? ¿Se rodearía de símbolos, de cifras de la cabala, de signos del zodiaco, de gaviotas en el Tajo, de muelles de piedra, de cuervos traducidos del inglés, de caballos azules y jockeys amarillos, de premonitorios túmulos? ¿O, al contrario de estas elocuencias, se quedaría sentado delante del caballete, de la tela blanca, incapaz de levantar un brazo para atacarla o defenderse de ella, a la espera de otro pintor que viniera a intentar el imposible retrato? ¿De quién? ¿De cuál?De una persona que se llamó Fernando Pessoa comienza a tener justificación lo que de Camões ya se sabe. Diez mil figuraciones, dibujadas, pintadas, modeladas, esculpidas, acabaron haciendo invisible a Luís Vaz, lo que todavía permanece de él es lo que sobra: un párpado caído, una barba, una corona de laurel. Es fácil de ver que Fernando Pessoa también va camino de la invisibilidad, y, teniendo en cuenta la ocurrente multiplicación de imágenes, provocada por apetitos sobreexcitados de representación y facilitadas por un dominio generalizado de las técnicas, el hombre de los heterónimos, ya voluntariamente confundido en las criaturas que produjo, entrará en el negro absoluto en mucho menos tiempo que el otro de una cara sola, aunque de voces no pocas. Acaso será ése, quién sabe, el perfecto destino de los poetas, perderse en la substancia de un contorno, de una mirada gastada, de un pliegue en la piel, y disolverse en el espacio, en el tiempo, sumidos entre las líneas de lo que consiguieron escribir, si del rostro sin facciones ni limites todavía alguna cosa llega a entrometerse, está garantizado el día en que incluso ese poco será definitivamente arrojado fuera. El poeta no será más que memoria fundida en las memorias, para que un adolescente pueda decirnos que tiene en sí todos los sueños del mundo, como si tener sueños y declararlo fuese primera invención suya. Hay razones para pensar que la lengua es, toda ella, obra de poesía.

(Continuará)


publicado por Fundação Saramago
Martes, 21 de Abril 2009
Cuando hoy salí del hospital, fresco como una rosa, traía comigo dos satisfacciones. Una, la de haberme visto libre, finalmente, de una impertinente bronquitis que desde hace meses, con altos y bajos, parecía no querer abandonarme, aunque esta vez ha tenido que resignarse e ir en búsqueda de otro hospedero. Ojalá no lo encuentre. La segunda satisfacción era de diferente naturaleza. Sucede que en este pequeño hospital de Lanzarote, ciertamente con sorpresa de quien me lea, trabajan nada más y nada menos que 17 o 18 enfermeros procedentes de Portugal, de la zona del Miño la mayor parte. Sucede también que, antes de salir, tuve que hacer una radiografía de tórax para que quedase debidamente documentado que el paciente, como suele decirse, está bien y se recomienda. Yo llevaba puesto lo que hoy llamamos un “jersey”, luego fue un “jersey” lo que me quité y dejé sobre una silla. El enfermero, portugués de Felgueiras, debía comprobar si las placas habían resultado técnicamente satisfactorias y, para eso, tuve que pasar a un compartimento de al lado. Dijo: “Son solo dos minutos, después le doy la camisola”. Creo que me estremecí. No había oído la palabra desde hace unos treinta años, tal vez más, y aquí, en Lanzarote, a dos mil kilómetros de la patria, un joven enfermero de Felgueiras, sin imaginarlo, va y me dice que la lengua portuguesa todavía existe. Bendita bronquitis.

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Lunes, 20 de Abril 2009
Palabras como discreción, reserva, recato, pudor o modestia todavía se encuentran en cualquier diccionario. Temo, sin embargo, que algunas de ellas acaben teniendo, más pronto o más tarde, el triste destino de la palabra ergástula, por ejemplo, barrida, como otras, del diccionario de la Academia portuguesa por una manifiesta y pertinaz falta de uso que había hecho de ella un peso muerto en las eruditas columnas. Yo mismo no recuerdo haberla dicho alguna vez y mucho menos haberla escrito. La palabra reserva, aunque va en camino de perder la acepción que me hizo incluirla en la lista de más arriba, tiene garantizada una vida larga por eso de la reserva de pasajes o de lugar sin los que servicios fundamentales como los transportes aéreos simplemente no funcionarían. Y eso sin olvidar otra reserva, la mental, inventada por los jesuitas como explicación última de decir primero una cosa y hacer después la contraria, operación, por otra parte, que cuajó y prosperó hasta el ponto de acabar difundiéndose en la sociedad humana como condición de sobrevivencia.No tengo intención de moralizar, aparte de que si lo hiciera perdería mi tiempo y sospecho que algunos lectores. Demasiado bien sabemos que la carne es flaca y que todavía lo es más el espíritu por mucho que acostumbre a presumir de sus supuestas fortalezas, que el ser humano es el territorio por excelencia de todas las tentaciones amables posibles, tanto las naturales como las que va inventando a lo largo de siglos y milenios de prácticas reiteradas. Buen provecho tengan. Que tire la primera piedra quien nunca se dejó tentar. La cosa comenzó por desabrochase la ropa, por usarse más leve y reducida, también más transparente, poniendo a la vista un número cada vez mayor de centímetros cuadrados de piel hasta llegar al nudismo integral cultivado con franqueza absoluta en ciertas señaladas playas. Nada grave, en cualquier caso. En el fondo, hay en todo esto, como escribí en otro contexto, una cierta inocencia. Adán y Eva también andaban desnudos y, contra lo que la Biblia dice, lo sabían perfectamente.Al poner en marcha el vigente espectáculo universal que concentra y al mismo tiempo dispersa las atenciones del mundo, no parece que hayamos previsto que estábamos alumbrando una sociedad de exhibicionistas. La división entre actores y espectadores se ha acabado, el espectador va a ver y oír, pero también a ser visto y oído. El poder de la televisión, por ejemplo, se alimenta en gran parte de esta simbiosis malsana, sobre todo en los llamados reality shows, donde el invitado, para eso pagado y a veces regiamente, va a poner al descubierto las miserias de su vida, las traiciones y las vilezas, las canalladas propias y ajenas, y, si fuera necesario al espectáculo, las de la familia y de sus próximos. Sin discreción ni reserva, sin recato ni pudor, sin modestia. No faltará quien diga que menos mal que es así, que debemos abandonar aquellos trastos lingüísticos, puertas abiertas aunque la casa huela mal, algunos, no nos quepa duda, llegarán al extremo de afirmar que se trata de un benéfico efecto de la democracia. Decir todo, con la condición de que lo esencial se quede escondido. Sin vergüenza.

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Viernes, 17 de Abril 2009
Con Dario Fo y cuantos se reunieron en el auditorio de Caja Granada para asistir a la ceremonia de entrega del premio a la Cooperación Internacional que la misma Caja atribuye, salvo error, desde hace diez años, y que en esta edición nos ha cabido a Fo y a mí, debería haber estado para, como dije en una declaración grabada, compartir las alegrías y los abrazos propios del momento. Desgraciadamente, no pude hacer el viaje, pero las actuales tecnologías de comunicación casi me permitieron vivir en tiempo real el desarrollo del acto en que, por mi sugerencia, respondida enseguida con la mayor amabilidad, fui representado por el Rector de la Universidad de Granada. De cierto modo, Dario Fo y yo representábamos ahí al Festival Siete Soles-Siete Lunas del que nos honramos en ser presidentes honoríficos. Como ya es tradición en la historia de este premio, el valor metálico, al que el galardonado renuncia, irá en beneficio de una institución cultural o de actividades sociales, en este caso, el mismo Festival, que aplicará la cantidad en la construcción de un centro cultural en Ribeira Grande, en Cabo Verde, ese país encantador, como dije en un saludo grabado. Después de todo, creo poder decir que de la entrega del premio Caja Granada a la Cooperación Internacional salimos todos, incluyéndose este ausente, más o menos encantados.Noticias sobre la ceremonia de entrega del Premio:Europa PressDiário de NotíciasPortal SAPO em Cabo Verde

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