Jueves, 8 de Enero 2009
Este artículo fue publicado por primera vez hace algunos años. Su paño de fondo es la segunda intifada palestina, en 2000. Me atrevo a pensar que el texto no ha envejecido demasiado y que su “resurrección” está justificada por la criminal acción de Israel contra la población de Gaza. Por eso, ahí va.

DE LAS PIEDRAS DE DAVID A LOS TANQUES DE GOLIAT

Afirman algunas autoridades en cuestiones bíblicas que el Primer Libro de Samuel fue escrito en la época de Salomón, o en el período inmediato, en cualquier caso antes del cautiverio de Babilonia. Otros estudiosos no menos competentes argumentan que no sólo el Primero, sino también el Segundo Libro fueron redactados después del exilio de Babilonia, obedeciendo su composición a la denominada estructura histórico-político-religiosa del esquema deuteronomista, es decir, sucesivamente, la alianza de Dios con su pueblo, la infidelidad del pueblo, el castigo de Dios, la súplica del pueblo, el perdón de Dios. Si la venerable escritura procede del tiempo de Salomón, podremos decir que sobre ella han pasado, hasta hoy, en números redondos, unos tres mil años. Si el trabajo de los redactores fue realizado tras el regreso de los judíos del exilio, entonces habrá que descontar de ese número unos quinientos años, más arriba, mes abajo.Esta preocupación de exactitud temporal tiene como único propósito ofrecer a la comprensión del lector la idea de que la famosa leyenda bíblica del combate (que no llegó a producirse) entre el pequeño David y el gigante filisteo Goliat, está siendo mal contada a los niños por lo menos desde hace veinte o treinta siglos. A lo largo del tiempo, las diversas partes interesadas en el asunto elaboraran, con el consentimiento acrítico de más de cien generaciones de creyentes, tanto hebreos como cristianos, toda una engañosa mistificación sobre la desigualdad de fuerzas que separaba los bestiales cuatro metros de altura de Goliat de la frágil complexión física del rubio y delicado David. Tal desigualdad, enorme según todas las apariencias, era compensada, y luego revertida a favor del israelita, por el hacho de que David era un jovencito astuto y Goliat una estúpida masa de carne, tan astuto aquél que, antes de enfrentarse al filisteo, buscó en la orilla de un riachuelo que había por allí cerca cinco piedras lisas que se metió en la alforja, tan estúpido el otro que no se dio cuenta de que David venía armado con una pistola. Que no era una pistola, protestarán indignados los amantes de las soberanas verdades míticas, que era simplemente una honda, una humildísima honda de pastor, como ya las habían usado en inmemoriales tiempos los siervos de Abrahán que le conducían y guardaban el ganado. Sí, de hecho no parecía una pistola, no tenía cañón, no tenía barrilete, no tenía gatillo, no tenía cartuchos, lo que tenía era dos cuerdas finas y resistentes atadas por las puntas a un pequeño trozo de cuero flexible en la parte cóncava en la que la mano experta de David colocaría la piedra que, a distancia, fue lanzada, veloz y poderosa como una bala, contra la cabeza de Goliat, y lo derrumbó, dejándolo a merced del filo de su propia espada, ya empuñada por el diestro fundibulario. No por ser más astuto el israelita consiguió matar al filisteo y darle la victoria al ejército del Dios vivo y de Samuel, fue simplemente porque llevaba consigo un arma de largo alcance y la supo manejar. La verdad histórica, modesta y nada imaginativa, se contenta con enseñarnos que Goliat no tuvo siquiera la posibilidad de ponerle las manos encima a David, la verdad mítica, emérita fabricante de fantasías, nos acuna desde hace treinta siglos con el cuento maravilloso del triunfo del pequeño pastor sobre la bestialidad de un guerrero gigantesco al que, finalmente, de nada podía servirle el pesado bronce del casco, de la coraza, de las perneras y del escudo. Por lo que podemos concluir del desarrollo de este edificante episodio, David, en las muchas batallas que hicieron de él rey de Judá y de Jerusalén y extendieron su poder hasta la margen derecha del río Eufrates, nunca más volvió a usar la honda y las piedras.

(Continuará)


publicado por Fundação Saramago
Miércoles, 7 de Enero 2009
Va el título en castellano porque así fue dicha la frase. Este escrito también podría llamarse “Los silencios de Marcos”, lo que aclararía todo. La prosa de hoy se refiere al mítico, aunque muy real, subcomandante. A pocas personas ha admirado tanto en mi vida, de poquísimas he esperado tanto. Nunca lo he dicho por la simple razón de que estas cosas no se dicen, se sienten y por ahí se quedan. Cuestión de pudor, parece. Cuando los zapatistas salieron de la Selva Lacandona para llegar al Zócalo después de haber cruzado medio México, yo estaba allí, uno entre un millón. Conocí la exaltación, el pulsar de la esperanza en todo el cuerpo, la voluntad de mudar para convertirme en algo mejor, menos egoísta, más capaz de entrega. Marcos habló, nombró a todas las etnias de Chiapas, y para cada una fue como si las cenizas de millones de indios se hubiesen desprendido de los túmulos y otra vez reencarnado. No estoy haciendo literatura fácil, intento, inhábilmente, poner en palabras lo que ninguna palabra puede expresar: el instante en que lo humano se convierte en sobrehumano y, a la vez, regresa a su más extrema humanidad.

Al día siguiente, en el campus modesto de una facultad universitaria, hubo un acto público que reunió a varios miles de personas y ahí se habló del presente y del futuro de Chiapas, de la lucha ejemplar de las comunidades indias que soñaba ver extendida un día a toda América (tranquilícense los timoratos, no sucedió). En la tribuna estaban, entre otros, Carlos Monsivais, Elena Poniatowska, Manuel Vázquez Montalbán, yo mismo. Todos hablamos, pero lo que la gente quería era oír a Marcos. Su discurso fue breve, pero intenso, casi insoportable para el sistema emotivo de cada uno. Cuando todo terminó fui a abrazar a Marcos y entonces él me dijo a oído, con voz casi susurrada: “No nos abandones”. Le respondí en el mismo tono: “Tendría que abandonarme a mí mismo para que eso sucediera”. Desde entonces, nunca más lo he vuelto a ver.

Pensé, y lo dije, que Marcos debería haber hablado en el Congreso. Por decisión de la “comandancia” intervino la comandante Esther, y lo hizo admirablemente. Conmovió a México entero, pero, repito, a mí entender, era Marcos quien debería haber hablado. El significado político de una intervención suya culminaría de manera más eficaz la marcha zapatista. Así pensaba y así sigo pensando. El tiempo ha pasado, el proceso revolucionario ha cambiado de rumbo, Marcos salió de la Selva Lacandona. Durante el último año Marcos ha guardado un silencio total, nos dejó huérfanos de aquellas palabras que solo él sabe decir o escribir. Sentimos su falta. En el día 1 hubo en Oventic un encuentro para celebrar y recordar el inicio de la revolución, la toma de San Cristóbal de las Casas, los altos y bajos de un camino difícil. Marcos no fue a Oventic, no mandó siquiera un mensaje, una palabra. No lo entendí y sigo sin entenderlo. Marcos, hace pocos días, anunció para el año que entra una nueva estrategia política. Ojalá, si la antigua ha perdido las virtudes. Ojalá, sobre todo, que no vuelva a callarse. ¿Con qué derecho lo digo? Con el simple derecho de quien no abandonó. Sí, de quien no abandonó.

publicado por Fundação Saramago
Martes, 6 de Enero 2009
Nunca he apreciado a este caballero y creo que a partir de hoy lo apreciaré menos todavía, si tal cosa fuera posible. Y esto no debería de ocurrir si, como por Internet me acabo de informar, el tal Sr. Sarkozy está en misión de paz por las torturadas tierras de Palestina, esfuerzo loable que, a primera vista, sólo debería de merecer elogios y votos del mayor éxito. Por mi parte los tendría todos si no hubiese utilizado, una vez más, la vieja estrategia de los dos pesos y de las dos medidas. En un arranque de hipocresía política simplemente notable, Sarkozy acusa a Hamás de haber cometido acciones irresponsables e imperdonables lanzando cohetes sobre el territorio de Israel. No seré yo quien absuelva a Hamás de tales acciones, por otra parte, según leo a cada paso, castigadas por la casi total ineficacia de la bélica operación que poco más han conseguido que dañar algunas casas y derrumbar algunos muros. Que nunca las palabras le duelan en la lengua al Sr. Sarkozy, hay que denunciar a Hamás. Con una condición, sin embargo. Que sus justamente reprensoras palabras se hubieran aplicado igualmente a los horrendos crímenes de guerra que están siendo cometidos por el ejército y por la aviación israelí, en proporciones inimaginables, contra la población civil de la faja de Gaza. Sobre esta vergüenza el Sr. Sarkozy parece no haber encontrado en su Larousse las expresiones adecuadas. Pobre Francia.

publicado por Fundação Saramago
Lunes, 5 de Enero 2009
¿Ha valido la pena? ¿Han valido la pena estos comentarios, estas opiniones, estas críticas? ¿El mundo está mejor que antes? Y yo ¿cómo estoy? ¿Es esto lo que esperaba? ¿Satisfecho con el trabajo? Responder “sí” a todas estas preguntas, o incluso sólo a alguna, sería la demostración clara de una ceguera mental sin disculpa. Y responder con un “no” sin excepciones ¿qué podría ser? ¿Exceso de modestia? ¿De resignación? ¿O tal vez la conciencia de que cualquier obra humana no es nada más que una pálida sombra de la obra antes soñada?. Se cuenta que Miguel Ángel, cuando terminó el Moisés que se encuentra en Roma, en la iglesia de San Pietro in Vincoli, dio con el martillo en la rodilla de la estatua y gritó: “Habla!” No será preciso decir que Moisés no habló. Moisés nunca habla. De igual manera lo que en este lugar se ha escrito a lo largo de los últimos meses no contiene más palabras ni son más elocuentes que las que pudieron ser escritas, precisamente esas a las que el autor quisiera pedirle, aunque fuera murmurando, “Hablen, por favor, díganme qué son, para qué han servido, si ha sido para algo”. Callan, no responden. ¿Qué hacer, entonces? Interrogar palabras es el destino de quien escribe. ¿Un artículo? ¿Una crónica? ¿Un libro? Habrá que hacerlo, pero ya sabemos que Moisés no responderá.

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