Martes, 23 de Diciembre 2008
NatalNatal. Na província neva.Nos lares aconchegadosUm sentimento conservaOs sentimentos passados.Coração oposto ao mundo,Como a família é verdade!Meu pensamento é profundo,Por isso tenho saudade.E como é branca de graçaA paisagem que não sei,Vista de trás da vidraçaDo lar que nunca terei!Fernando Pessoa

publicado por Fundação Saramago
Lunes, 22 de Diciembre 2008
La sigla ONU, todo el mundo lo sabe, significa Organización de Naciones Unidas, es decir, a la luz de la realidad, nada o muy poco. Que lo digan los palestinos de Gaza a quienes se les están agotando los alimentos, o se les han agotado ya, porque así lo ha impuesto el bloqueo israelí, decidido, por lo vistos, a condenar al hambre a las 750 mil personas registradas allí como refugiados. Ni pan tiene ya, la harina se ha acabado, y el aceite, las lentejas y el azúcar van por el mismo camino. Desde el día 9 de diciembre los camiones de la agencia de Naciones Unidas, cargados de alimentos, aguardan a que el ejército israelí les permita la entrada en la faja de Gaza, una autorización una vez más negada o que será pospuesta hasta la última desesperación y la última exasperación de los palestinos hambrientos. ¿Naciones Unidas? ¿Unidas? Contando con la complicidad o la cobardía internacional, Israel se ríe de recomendaciones, decisiones y protestas, hace lo que viene en gana, cuando le viene en gana y como le viene en gana. Ha llegado hasta el punto de impedir la entrada de libros e instrumentos musicales como si se tratase de productos que iban a poner en riesgo la seguridad de Israel. Si el ridículo matara no quedaría de pie ni un solo político o un solo soldado israelí, esos especialistas en crueldad, esos doctorados en desprecio que miran el mundo desde lo alto de la insolencia que es la base de su educación. Comprendemos mejor a su dios bíblico cuando conocemos a sus seguidores. Jehová, o Yahvé, o como se le diga, es un dios rencoroso y feroz que los israelíes mantienen permanentemente actualizado.

publicado por Fundação Saramago
Jueves, 18 de Diciembre 2008
Voltaire no tenía agente literario. No lo tuvo él ni ningún escritor de su tiempo y de otros tiempos más. El agente literario simplemente no existía. El negocio, se así quisiéramos llamarlo, funcionaba con dos únicos interlocutores, el autor y el editor. El autor tenía la obra, el editor los medios para publicarla, ningún intermediario entre uno y otro. Era el tiempo de la inocencia. No quiere decir esto que el agente literario haya sido y siga siendo la serpiente tentadora nacida para pervertir las armonías de un paraíso que, verdaderamente, nunca existió. Sin embargo, directa o indirectamente, el agente literario ha sido el huevo que ha puesto una industria editorial mucho más preocupada con el descubrimiento en cadena de best-sellers que con la publicación y la divulgación de obras de mérito. Los escritores, gente en general ingenua que fácilmente se deja engañar por un agente literario tipo chacal o tiburón, corren tras promesas de voluminosos anticipos y de promociones planetarias como si de eso dependiese su vida. Y no es así. Un anticipo es simplemente un pago a cuenta, y, acerca de la promoción, todos tenemos la obligación de saber, por experiencia, que las realidades se quedan casi siempre más acá que las expectativas.Estas consideraciones no son nada más que una modesta glosa a la excelente conferencia que pronunció Basilio Baltasar a finales de noviembre en México bajo el título de “La deseada muerte del editor” y que era una respuesta a una entrevista que el famoso agente literario Andrew Willie había concedido a El País. Famoso, digo, aunque no siempre por las mejores razones. No me atrevería, ni sería éste el lugar adecuado, a resumir el pertinente análisis de Basilio Baltasar a partir de la estulta declaración del tal Willie de que “El editor es nada, nada”, que me recuerda las palabras de Roland Barthes cuando anunció la muerte del autor… Al final, el autor no murió, y el resurgimiento del editor amante de su trabajo está en las manos del editor, si así lo quiere. Y también en las manos de los escritores a los que vivamente recomiendo la lectura del texto de Basilio Baltasar, que tendrá que publicar, y un debate a continuación.

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Miércoles, 17 de Diciembre 2008
No puede haber conferencia de prensa sin palabras, normalmente muchas, algunas veces demasiadas. Pilar insiste en recomendarme que dé respuestas breves, fórmulas sintéticas capaces de concentrar largos discursos que estarían fuera de lugar. Tiene razón, pero mi naturaleza es otra. Pienso que cada palabra necesita siempre por lo menos de otra que le ayude a explicarse. La cosa ha llegado a tal punto que, desde hace un tiempo hasta ahora, logro anticiparme a las preguntas que supuestamente me harán, procedimiento facilitado por el conocimiento previo que vengo acumulando acerca del tipo de asuntos que a los periodistas más les suelen interesar. Lo divertido del caso está en la libertad que asumo al iniciar una exposición de esas. Sin tener que preocuparme con los encuadramientos temáticos que cada pregunta específica necesariamente establecería, aunque no fuese esa su intención declarada, lanzo la primera palabra, y la segunda, y la tercera, como pájaros a los que se les abre la puerta de la jaula, sin saber muy bien, o sin saberlo del todo, hacia donde me llevarán. Hablar se convierte entonces en una aventura, comunicar se convierte en la búsqueda metódica de un camino que me acerca a quien esté escuchando, teniendo siempre presente que ninguna comunicación es definitiva e instantánea, que muchas veces es necesario volver atrás para aclarar lo que solo sumariamente ha sido enunciado. Pero lo interesante de todo esto es descubrir que el discurso, en lugar de limitarse a iluminar y dar visibilidad a lo que yo mismo creía saber acerca de mi trabajo, acaba invariablemente revelando lo oculto, lo apenas intuido o presentido, que de repente se transforma en una evidencia irrefutable de la que soy el primero en sorprenderme, como alguien que estaba en lo oscuro y acaba de abrir los ojos hacia una súbita luz. En fin, voy aprendiendo con las palabras que digo. He aquí una buena conclusión, talvez la mejor, para este discurso. Finalmente breve.

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Martes, 16 de Diciembre 2008
La risa es inmediata. Ver al presidente de Estados Unidos encogiéndose tras un micrófono mientras un zapato vuela sobre su cabeza es un excelente ejercicio para los músculos de la cara que controlan la carcajada. Este hombre, famoso por su abisal ignorancia y por sus continuos dislates lingüísticos, nos ha hecho reír muchas veces durante los últimos ocho años. Este hombre, también famoso por otras razones menos atractivas, paranoico contumaz, nos ha dado mil motivos para que lo detestásemos, a él y a sus acólitos, cómplices en la falsedad y en la intriga, mentes pervertidas que han hecho de la política internacional una farsa trágica y de la simples dignidad el mejor objetivo de la irrisión absoluta. Verdaderamente el mundo, a pesar del desolador espectáculo que nos ofrece todos los días, no merece un Bush. Lo hemos tenido, lo sufrimos hasta tal punto que la victoria de Barack Obama ha sido considerada por mucha gente como una especie de justicia divina. Tardía, como en general es la justicia, pero definitiva. Pero todavía nos faltaba el golpe final, nos faltaban esos zapatos que un periodista de la televisión iraquí lanzó sobre la mentirosa y descarada fachada que tenía enfrente y que pueden ser entendidos de dos formas: o esos zapatos deberían tener unos pies dentro y el objetivo del golpe sería la parte curva del cuerpo donde la espalda cambia de nombre, o entonces Mutazem al Kaidi (quede su nombre para la posteridad) encontró la manera más contundente y eficaz de expresar su desprecio. El ridículo. Um par de puntapiés tampoco estarían mal, pero el ridículo es para siempre. Voto por el ridículo.

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