Domingo, 23 de Noviembre 2008

No fue fácil llegar a Brasil. Ni siquiera fue fácil salir del aeropuerto. Las instalaciones de Portela están infectadas de personas de ambos sexos que nos miran con desconfianza como si lleváramos escrito en la cara, denunciándonos, un historial de confesos o potenciales terroristas. A estas personas les llaman “seguridad”, lo que es bastante contradictorio porque, por experiencia propia y por lo que he podido percibir alrededor, los pobres viajeros no sienten ni asomo de seguridad ante su presencia. El primer problema se presentó en el control de equipaje de mano. Aun en el rescaldo de la enfermedad que padecí y de que felizmente me estoy restableciendo, debo tomar con regularidad, de dos en dos semanas, una medicina que, en caso de pasar por un aeropuerto, necesita llevar una declaración médica. Presentamos esa declaración, sellada y firmada como mandan los reglamentos, pensando que en menos de un minuto tendríamos licencia para seguir. No sucedió así. El papel fue laboriosamente deletreado por la “seguridad” (era una mujer), que no tuvo mejor idea que llamar a un superior, que a su vez leyó la declaración levantando las cejas y con gesto de desconfianza, talvez a la espera de una revelación que se le presentaría sugerida desde las entrelíneas. Comenzó entonces un juego de fuerza. La “seguridad”, que ya había pronunciado, dos o tres veces, esta frase inquietante: “Tenemos que comprobar”, recibió enseguida el apoyo de su jefe que la repitió, no dos o tres veces, sino cinco o seis. Lo que tenían que comprobar estaba delante de los ojos, un papel y un medicamento, no había nada más que ver. La discusión fue encendida y solo terminó cuando yo, impaciente, irritado, dije: “Pues si tienen que comprobar, comprueben, y acabemos con esto”. El jefe movió la cabeza y respondió: “Ya lo he comprobado, pero tienen que dejar este frasco”. El frasco, si podemos darle tal nombre a una botellita de plástico con yogurt, acabó junto a otros peligrosos explosivos antes aprehendidos. Cuando nos retirábamos no pude dejar de pensar que la seguridad del aeropuerto, de seguir así, todavía acaba siendo entregada a la benemérita corporación de los porteros de discoteca…

Lo peor, sin embargo, estaba por llegar. Durante más de media hora, no sé cuantas decenas de pasajeros estuvimos apiñados, apretados como sardinas en lata, dentro del autobús que debería llevarnos al avión. Más de media hora sin casi podernos mover, con las puertas abiertas para que el aire frío de la mañana pudiera circular cómodamente. Sin ninguna explicación, sin ninguna palabra de disculpa. Fuimos tratados como ganado. Si el avión se hubiera caído, se podría decir con todas las de la lay que fuimos llevados al matadero.


publicado por Fundação Saramago
Jueves, 20 de Noviembre 2008

De viaje a Brasil, donde nos espera un programa tan cargado como el cielo que amenaza lluvia. Confío sin embargo que se encuentre alguna clara para que esta conversación no se quede suspendida durante una semana, que tanto durará la ausencia. Ya se sabe que, estando en Brasil, asunto no faltará, el problema, de haberlo, estará en la insuficiente disponibilidad de tiempo. Veremos. Deséennos buen viaje, y, ya puestos, hágannos el favor de cuidar del elefante mientras estamos por ahí fuera.


publicado por Fundação Saramago
Miércoles, 19 de Noviembre 2008
Dedicando ejemplares de “El viaje del elefante” en la editorial durante buena parte de la mañana. En su mayoría se quedarán en Portugal como un recado para los amigos y compañeros de oficio dispersos por los lusitanos parajes, pero otros viajarán a tierras distantes, como Brasil, Francia, Italia, España, Hungría, Rumania, Suecia. En este último caso, los destinatarios fueron Amadeu Batel, nuestro compatriota y profesor de literatura portuguesa en la Universidad de Estocolmo, y el poeta y novelista Kjell Espmark, miembro de la Academia Sueca. Mientras le dedicaba el libro a Espmark recordé lo que nos contó, a Pilar y a mí, acerca de los bastidores del premio que me fue otorgado. El “Ensayo sobre la ceguera”, ya entonces traducido al sueco, había causado buena impresión en los académicos, tan buena que quedó prácticamente decidido entre ellos que el Nobel de ese año, 1998, sería para mí. Ocurrió, sin embargo, que el año anterior había publicado otro libro, “Todos los nombres”, lo que, obviamente, en principio, no debería constituir ningún tipo de obstáculo para la decisión tomada, a no ser por una pregunta nacida de los escrúpulos de mis jueces: “¿Y si este nuevo libro es malo?” De la respuesta que habría que ofrecer se encargó Kjell Espmark, en quien los colegas depositaron la responsabilidad de proceder a la lectura del libro en su idioma original. Espmark, que tiene cierta familiaridad con nuestra lengua, cumplió disciplinadamente la misión. Con el auxilio de un diccionario, en pleno mes de Agosto, cuando más apetecería navegar entre las islas que pueblan el mar sueco, leyó, palabra a palabra, la historia del funcionario don José y de la mujer que amó sin llegar a verla nunca. Pasé el examen, finalmente el librito no desmerecía del “Ensayo sobre la ceguera”. Uf.

publicado por Fundação Saramago
Vengo de la Casa del Alentejo donde he participado en una sesión de solidariedad con la lucha del pueblo palestino por su plena soberanía contra las arbitrariedades y los crímenes de que Israel es responsable. Allí dejé una propuesta: que a partir del 20 de enero, fecha de la toma de posesión de Barack Obama, la Casa Blanca sea inundada de mensajes de apoyo al pueblo palestino y en los que se exija una rápida solución del conflicto. Si Barack Obama quiere libertar a su país de la infamia del racismo, que lo haga también en Israel. Desde hace sesenta años el pueblo palestino está siendo fríamente martirizado con la complicidad tácita o activa de la comunidad internacional. Ya es hora de que acabemos con esto.

publicado por Fundação Saramago
Martes, 18 de Noviembre 2008

Intento ser, a mi manera, un estoico práctico, pero la indiferencia como condición de la felicidad nunca ha tenido lugar en mi vida, y si es cierto que busco obstinadamente el sosiego de espíritu, cierto es también que no me he liberado ni pretendo liberarme de las pasiones. Trato de habituarme sin excesivo dramatismo a la idea de que el cuerpo no solo es finible, sino que de cierto modo es ya, en cada momento, finito. ¿Qué importancia puede tener eso, si cada gesto, cada palabra, cada emoción son capaces de negar, también en cada momento, esa finitud? Verdaderamente me siento vivo, vivísimo, cuando, por una razón u otra, tengo que hablar de la muerte…


publicado por Fundação Saramago
Enlaces
Buscar
 
Entradas recientes

Soy tan pesimista que cre...

Não são os políticos os q...

[Não escrevo] por amor, m...

Homem novo

Problemas de hombres

En el centenario de Álvar...

Dona Canô

El Perro da tres vueltas

El aviador que salvó Bada...

"Entra, has encontrado tu...

Archivo

Septiembre 2013

Mayo 2013

Abril 2013

Febrero 2013

Diciembre 2012

Agosto 2012

Mayo 2012

Abril 2012

Febrero 2012

Enero 2012

Diciembre 2011

Noviembre 2011

Octubre 2011

Septiembre 2011

Agosto 2011

Julio 2011

Junio 2011

Mayo 2011

Abril 2011

Marzo 2011

Febrero 2011

Enero 2011

Diciembre 2010

Noviembre 2010

Octubre 2010

Septiembre 2010

Agosto 2010

Julio 2010

Junio 2010

Mayo 2010

Febrero 2010

Enero 2010

Diciembre 2009

Noviembre 2009

Octubre 2009

Septiembre 2009

Agosto 2009

Julio 2009

Junio 2009

Mayo 2009

Abril 2009

Marzo 2009

Febrero 2009

Enero 2009

Diciembre 2008

Noviembre 2008

Octubre 2008

Septiembre 2008

Categorias

todas as tags

Suscribir RSS