Miércoles, 8 de Octubre 2008
Aprendemos de las lecciones de la vida que de poco nos puede servir una democracia política, por más equilibrada que parezca presentarse en sus estructuras internas y en su funcionamiento institucional, si no está constituida de raíz por una efectiva y concreta democracia económica y por una no menos concreta y efectiva democracia cultural. Decirlo en los días de hoy parecerá un exhausto lugar común de ciertas inquietudes ideológicas del pasado, pero sería cerrar los ojos a la simple verdad histórica no reconocer que esa trinidad democrática – política, económica, cultural -, cada una complementaria y potenciadora de las otras, representó, en el tiempo de su esplendor como idea de futuro, una de las más apasionantes banderas cívicas que alguna vez, en la historia reciente, fueron capaces de despertar consciencias, movilizar voluntades, conmover corazones. Hoy, despreciadas y tiradas a la basura de las fórmulas que el uso cansó y desnaturalizó, la idea de democracia económica dio lugar a un mercado obscenamente triunfante, que al final se dio de bruces con una gravísima crisis en su vertiente financiera, mientras que la idea de democracia cultural fue substituida por una alienante masificación industrial de las culturas. No progresamos, retrocedemos. Y cada vez se irá haciendo más absurdo hablar de democracia si nos empeñamos en el equívoco de identificarla únicamente con las expresiones cuantitativas y mecánicas que se llaman partidos, parlamentos y gobiernos, sin atender a su contenido real y a la utilización distorsionada y abusiva que en la mayoría de los casos se hace del voto que los justifica y los sitúa en el lugar que ocupan.No se concluya de lo que acabo de decir que estoy contra la existencia de partidos: yo mismo soy miembro de uno. No se piense que aborrezco parlamentos y diputados: los querría, a unos y otros, mejores en todo, más activos y responsables. Y tampoco se crea que soy el providencial creador de una receta mágica que permitiría a los pueblos, de ahora en adelante, vivir sin tener que suportar malos gobiernos y perder tiempo con elecciones que pocas veces resuelven los problemas: me niego a admitir que solo sea posible gobernar y desear ser gobernado de acuerdo con los modelos supuestamente democráticos en uso, a mi ver, pervertidos e incoherentes, que no siempre con buena fe cierta especie de políticos intentan convertir en universales, con promesas falsas de desarrollo social que apenas consiguen disimular las egoístas e implacables ambiciones que las mueven. Alimentamos los errores en nuestra propia casa, pero nos comportamos como si fuésemos los inventores de una panacea universal capaz de curar todos los males del cuerpo y del espíritu de los seis mil millones de habitantes del planeta. Diez gotas de nuestra democracia tres veces al día y seréis felices para siempre jamás. En verdad, el único verdadero pecado mortal es la hipocresía.

publicado por Fundação Saramago
Martes, 7 de Octubre 2008
¿Cómo serán las cosas cuando no las estamos mirando? Esta pregunta, que cada día me parece menos disparatada, me la hice muchas veces siendo niño, a mí mismo me la hacía, no a padres ni a profesores porque adivinaba que se reirían de mi ingenuidad (o de mi estupidez, según opiniones más radicales) y me darían la única respuesta que nunca me podría convencer: “Las cosas, cuando no las miramos, son iguales a lo que parecen cuando no las estamos mirando”. Siempre he pensado que las cosas, cuando están solas, son otras cosas. Más tarde, ya en ese período de la adolescencia que se caracteriza por la desdeñosa presunción con que juzga la infancia de donde proviene, supuse que tenía la respuesta definitiva a la inquietud metafísica que atormentaba mis tiernos años: pensé que si regulase una máquina fotográfica de modo que se disparara automáticamente en una habitación en la que no hubiera ninguna presencia humana, conseguiría sorprender desprevenidas a las cosas, y así, de esta manera, acabaría conociendo el aspecto real que tienen. No se me ocurrió que las cosas son más listas de lo que parecen y no se dejan engañar con tanta facilidad: saben muy bien que en el interior de cada máquina fotográfica hay un ojo humano escondido… Además, aunque el aparato, con astucia, hubiera podido captar la imagen frontal de una cosa, siempre el otro lado se quedaría fuera del  alcance del sistema óptico, mecánico, química o digital del registro fotográfico. Ese lado oculto al que, en el último instante, irónicamente, la cosa fotografiada habría hecho pasar su cara secreta, ese hermano gemelo de la oscuridad. Cuando en una habitación inmersa en total obscuridad encendemos una luz, la oscuridad desaparece. Entonces no es extraño que nos preguntemos: “¿Adónde ha ido a parar?” Y la respuesta sólo puede ser una: “No ha ido a ningún sitio, la oscuridad es simplemente el otro lado de la luz, su cara secreta”. Es una pena que no me lo hubieran dicho antes, cuando era niño. Hoy sabría todo sobre la oscuridad y la luz, sobre la luz y la oscuridad.

publicado por Fundação Saramago
Domingo, 5 de Octubre 2008
Era un hombre que sabía idiomas y hacía versos. Se ganó el pan y el vino poniendo palabras en el lugar de palabras, hizo versos como los versos se hacen, como si fuese la primera vez. Comenzó llamándose Fernando, persona como todo el mundo. Um día tuvo la ocurrencia de anunciar la aparición inminente de un súper-Camões, un camões mucho más grande que el antiguo, pero, siendo una persona conocidamente discreta, que solía andar por los Douradores con gabardina clara, corbata de lazo y sombrero sin plumas, no dijo que el súper-Camões era él mismo. A fin de cuentas, un súper-Camões no es nada más que un camões mayor, y él estaba reservado para ser Fernando Pessoas, fenómeno nunca antes visto en Portugal. Naturalmente, su vida estaba construida de días, y de los días sabemos que aun siendo iguales no se repiten, por eso no sorprende que en uno de ellos, al pasar Fernando ante un espejo, viera en él, de refilón, a otra persona. Pensó que había sido una ilusión óptica más, de las que siempre van sucediendo sin que les prestemos atención, o que la última copa de aguardiente le sentó mal en el hígado y en la cabeza, pero, con cautela, dio un paso atrás para confirmar si, como dice la voz popular, los espejos no se equivocan cuando muestran. Por lo menos este se había equivocado: un hombre le miraba desde dentro del espejo, y ese hombre no era Fernando Pessoa. Era incluso un poco más bajo, tenía la cara tirando para lo moreno, toda bien afeitada. Con un movimiento inconsciente, Fernando se llevó la mano al labio superior, después respiró hondo con infantil alivio, el bigote estaba ahí. Muchas cosas se pueden esperar de las figuras que aparecen en los espejos, menos que hablen. Y porque estos, Fernando y la imagen que no era la suya, no iban a quedarse allí eternamente mirándose, Fernando Pessoa dijo: “Me llamo Ricardo Reis”. El otro sonrió, asintió con la cabeza y desapareció. Durante un momento, el espejo se quedó vacío, desnudo, pero enseguida otra imagen surgió, la de un hombre delgado, pálido, con aspecto de quien no va a tener mucha vida para vivir. A Fernando le pareció que este debería haber sido el primero, pero no hizo ningún comentario, solo dijo: “Me llamo Alberto Caeiro”. El otro no sonrió, gesticuló apenas, de forma casi imperceptible, concordando, y se fue. Fernando Pessoa se quedó esperando, había oído decir que no hay dos sin tres. La tercera figura tardó unos segundos, era un hombre de esos que exhiben salud para dar y vender, con ese aire inconfundible de ingeniero diplomado en Inglaterra. Fernando dijo: “Me llamo Álvaro de Campos”, pero esta vez no esperó que la imagen desapareciera del espejo, se apartó él, probablemente estaba cansado de haber sido tantos en tan poco tiempo. Esa noche, entrada la madrugada, Fernando Pessoa se despertó pensando si el tal Álvaro de Campos se habría quedado en el espejo. Se levantó, y lo que estaba allí era su propia cara. Dijo entonces: “Me llamo Bernardo Soares”, y regresó a la cama. Fue después de estos nombres y de algunos más cuando Fernando creyó que era hora de ser también él ridículo y escribió las cartas de amor más ridículas del mundo. Cuando iba ya muy adelantado en los trabajos de traducción y de poesía, murió. Los amigos le decían que tenía un gran futuro por delante, pero parece que no se lo creyó, tanto es así que decidió morir injustamente en la flor de la edad, a los 47 anos, imagínense. Un momento antes de acabar pidió que le acercaran las gafas: “Dadme las gafas” fueron sus últimas y formales palabras. Hasta hoy nunca nadie se ha interesado en saber para que las querría, así se ignoran o desprecian las últimas voluntades de los moribundos, pero parece bastante pausible que su intención fuera mirarse en un espejo para saber quién era el que finalmente ahí estaba. No le dio tiempo la parca. Es más, ni espejo había en la habitación. Este Fernando Pessoa nunca llegó a tener verdaderamente la certeza de quien era, aunque esa duda hace que nosotros vayamos consiguiendo saber un poco más quienes somos.</span>

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Jueves, 2 de Octubre 2008
Que la familia está en crisis nadie se atreverá a negarlo, por mucho que la iglesia católica intente disimular el desastre bajo la capa de una retórica meliflua que ni a ella misma engaña, que muchos de los denominados valores tradicionales de convivencia familiar y social se fueron agua abajo arrastrando consigo incluso los que deberían haber sido defendidos de los continuos ataques perpetrados por la sociedad altamente conflictiva en que vivimos, que la escuela moderna, continuadora de la escuela antigua, la que, durante sucesivas generaciones fue tácitamente encargada, a falta de mejor, de suplir las fallas educacionales de los agregados familiares, está paralizada, acumulando contradicciones, errores, desorientada entre métodos pedagógicos que en realidad no lo son, y que, demasiadas veces, no dejan de ser modas pasajeras o experimentos voluntaristas condenados al fracaso por la propia ausencia de madurez intelectual y por la dificultad de formular y responder a la pregunta, esencial a mi entender: ¿qué ciudadano estamos formando? El panorama no es agradable a la vista. Singularmente, nuestros más o menos dignos gobernantes no parece que se preocupan con estos problemas tanto cuanto deberían, talvez porque piensan que, siendo los dichos problemas universales, la solución, cuando llegue a ser encontrada, será automática, para todo el mundo.No estoy de acuerdo. Vivimos en una sociedad que parece haber hecho de la violencia un sistema de relaciones. La manifestación de una agresividad que es inherente a la especie que somos, y que hace tiempo pensamos que, por la educación, habíamos controlado, irrumpió brutalmente de las profundidades en los últimos veinte años en todo el espacio social, estimulada por modalidades de ocio que dieron la espalda al simple hedonismo para transformarse en agentes condicionantes de la propia mentalidad del consumidor: la televisión, en primer lugar, donde imitaciones de sangre, cada vez más perfectas, saltan en chorros a todas las horas del día y de la noche, los videojuegos que son como manuales de instrucciones para alcanzar la perfecta intolerancia y la perfecta crueldad, y porque todo esto está ligado, las avalanchas de publicidad de servicios eróticos a que los periódicos, incluidos los más bienpensantes, dan las bienvenidas, mientras las páginas serias (¿lo son algunas?) abundan hipócritamente en lecciones de buena conducta a la sociedad. ¿Que estoy exagerando? Explíquenme entonces como hemos llegado a la situación de que muchos padres tengan miedo de los hijos, de esos gentiles adolescentes, esperanza del mañana, en quienes un “no” del padre o de la madre, cansados de exigencias irracionales, instantáneamente desencadena una furia de insultos, de vejámenes, de agresiones. Físicas, para que no queden dudas. Muchos padres tienen sus peores enemigos en casa: son sus propios hijos. Ingenuamente, Rubén Darío escribió eso de “juventud, divino tesoro”. No lo escribiría hoy.

publicado por Fundação Saramago
Miércoles, 1 de Octubre 2008
Me ausento de este espacio durante veinticuatro horas, no por necesidad de descanso o falta de asunto, simplemente para que la última crónica se mantenga un día más en el lugar en que está. No estoy seguro de que lo merezca por la forma en que dije lo que pretendía, sino para darle un poco más de tiempo mientras espero que alguien me informe donde está la izquierda...Hace alrededor de tres o cuatro años, en una entrevista a un diario  sudamericano, creo que argentino, entre la retahíla de preguntas y respuestas solté una declaración que inmediatamente supuse que iba a causar agitación, debate, escándalo (hasta este punto llegaba mi ingenuidad), comenzando por las huestes locales de la izquierda y a continuación, quien sabe, como una onda que se expandiera en círculos, en los medios internacionales, tanto políticos, sindicales o culturales que de la dicha izquierda son tributarios. En toda su crudeza, sin escamotear su propia obscenidad, la frase, puntualmente reproducida por el periódico, era la siguiente: “La izquierda no tiene ni puta idea del mundo en que vive”. A mi intención, deliberadamente provocadora, la izquierda así interpelada, respondió con el más gélido de los silencios. Ningún partido comunista, por ejemplo, empezando por aquel del que soy miembro, salió a la palestra para rebatir o simplemente argumentar acerca de la propiedad o la falta de propiedad de las palabras que pronuncié. Con mayor  razón, tampoco ninguno de los partidos socialistas que se encuentran en los gobiernos de sus respectivos países, pienso, sobre todo, en los de Portugal y España, consideró necesario exigir una aclaración al atrevido escritor que había osado lanzar una piedra al putrefacto charco de la indiferencia. Nada de nada, silencio total, como si en los túmulos ideológicos donde se refugian no hubiese nada más que polvo y telarañas, como mucho un hueso arcaico que ya ni para reliquia serviría. Durante algunos días me sentí excluido de la sociedad humana como si fuese un apestado, víctima de una especie de cirrosis mental que provocaba que no diera pie con bola. Llegué a pensar que la frase compasiva que andaría circulando entre los que así callaban sería más o menos ésta: “Pobrecillo, ¿qué se podría esperar de él con esa edad?” Estaba claro que no me encontraban opinante con la estatura adecuada.El tiempo fue pasando, pasando, la situación del mundo complicándose cada vez más, y la izquierda, impávida, seguía desempeñando los papeles que, en el poder o en la oposición, les habían sido asignados. Yo, que mientras tanto había hecho otro descubrimiento, el de que Marx nunca había tenido tanta razón como hoy, supuse, cuando hace un año reventó la burla cancerígena de las hipotecas en los Estados Unidos, que la izquierda, allá donde estuviera, si todavía le quedaba vida, abriría por fin la boca para decir lo que pensaba del asunto. Ya tengo la explicación: la izquierda no piensa, no actúa, no arriesga ni una pizca. Pasó lo que pasó después, hasta lo que está ocurriendo hoy, y la izquierda, cobardemente, sigue no pensando, no actuando, no arriesgando ni una pizca. Por eso no es de extrañar la insolente pregunta del título: “¿Dónde está la izquierda?” No doy albricias, he pagado demasiado caras mis ilusiones.

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