Miércoles, 17 de Diciembre 2008
No puede haber conferencia de prensa sin palabras, normalmente muchas, algunas veces demasiadas. Pilar insiste en recomendarme que dé respuestas breves, fórmulas sintéticas capaces de concentrar largos discursos que estarían fuera de lugar. Tiene razón, pero mi naturaleza es otra. Pienso que cada palabra necesita siempre por lo menos de otra que le ayude a explicarse. La cosa ha llegado a tal punto que, desde hace un tiempo hasta ahora, logro anticiparme a las preguntas que supuestamente me harán, procedimiento facilitado por el conocimiento previo que vengo acumulando acerca del tipo de asuntos que a los periodistas más les suelen interesar. Lo divertido del caso está en la libertad que asumo al iniciar una exposición de esas. Sin tener que preocuparme con los encuadramientos temáticos que cada pregunta específica necesariamente establecería, aunque no fuese esa su intención declarada, lanzo la primera palabra, y la segunda, y la tercera, como pájaros a los que se les abre la puerta de la jaula, sin saber muy bien, o sin saberlo del todo, hacia donde me llevarán. Hablar se convierte entonces en una aventura, comunicar se convierte en la búsqueda metódica de un camino que me acerca a quien esté escuchando, teniendo siempre presente que ninguna comunicación es definitiva e instantánea, que muchas veces es necesario volver atrás para aclarar lo que solo sumariamente ha sido enunciado. Pero lo interesante de todo esto es descubrir que el discurso, en lugar de limitarse a iluminar y dar visibilidad a lo que yo mismo creía saber acerca de mi trabajo, acaba invariablemente revelando lo oculto, lo apenas intuido o presentido, que de repente se transforma en una evidencia irrefutable de la que soy el primero en sorprenderme, como alguien que estaba en lo oscuro y acaba de abrir los ojos hacia una súbita luz. En fin, voy aprendiendo con las palabras que digo. He aquí una buena conclusión, talvez la mejor, para este discurso. Finalmente breve.

publicado por Fundação Saramago
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