Jueves, 4 de Diciembre 2008
Hace muchos años, en Nápoles, paseando por una de esas calles donde todo puede suceder, me despertó la curiosidad un café que tenía el especto de haber abierto sus puertas pocos días antes. Las maderas eran claras, los cromados brillantes, el suelo limpio, en fin, una fiesta no solo para los ojos, sino también para el olfato y para el paladar, como acabó demostrando el excelente café que me sirvieron. El camarero me preguntó que de donde era, le respondí que de Portugal, y él, con la naturalidad de quien ofrece una información útil, dijo: “Esto es de la camorra”. Sorprendido, me limité a dejar que mi boca emitiera un “Ah, ¿sí?” que no me comprometía nada, pero que me sirvió para intentar solapar la súbita inquietud que se me albergó en la boca del estómago. Ante mí estaba alguien que podía considerar un simple contratado sin especiales responsabilidades en la actividad criminal de los patrones, pero la lógica aconsejaba mirar con prudencia y desconfiar de una cordialidad fuera de lugar, puesto que yo no era nada más que un cliente de paso que no conseguía comprender como una revelación de aparentemente incriminación se expresaba con la más amable de las sonrisas. Pagué, salí y, ya en la calle, apresuré el paso como si una banda de sicarios armados hasta los dientes se preparara para perseguirme. Después de volver tres o cuatro esquinas, comencé a tranquilizarme. El camarero del café podía ser un facineroso, pero no tenía ninguna razón para desearme mal. Estaba claro que se contentó con decirme eso que yo, como habitante de este planeta, tenía la obligación de saber, que Nápoles, toda Nápoles, estaba en las manos de la camorra, que la belleza de la bahía era un máscara ilusoria y la tarantela una marcha fúnebre.

Los años han ido pasando, pero el episodio nunca se me ha borrado de la memoria. Y ahora regresa como algo vivido ayer, aquellas maderas claras, el brillo de los cromados, la sonrisa cómplice del camarero, que camarero no sería, sino gerente, hombre de confianza de la camorra, camorrista él mismo. Pienso en Roberto Saviano, amenazado de muerte por haber escrito un libro de denuncia de una organización criminal capaz de secuestrar una ciudad entera y a quien allí vive, pienso en Roberto Saviano al que no es que le hayan puesto precio a su cabeza, sino plazo, y me pregunto si algún día nos despertaremos de la pesadilla que la vida es para tantos, perseguidos por decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Me siento humilde, casi insignificante, ante la dignidad y el valor del escritor y periodista Roberto Saviano, maestro de vida.

publicado por Fundação Saramago
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