Jueves, 18 de Septiembre 2008
Un día, hará unos siete u ocho años, nos buscó, a Pilar y a mí, un leonés llamado Emilio Silva, pediéndonos apoyo para la empresa en que iba a embarcarse, la de encontrar lo que todavía quedara de su abuelo, asesinado por los franquistas al principio de la guerra civil. Nos pedía apoyo moral, nada más. Su abuela le había expresado el deseo de que los restos del abuelo fueran recuperados y recibieran digna sepultura. Más que como un deseo de una anciana que no se resignaba, Emilio Silva tomó esas palabras como una orden que tenía el deber de cumplir, sucediera lo que sucediera. Este fue el primer paso de un movimiento colectivo que rápidamente se extendió por toda a España: recuperar de las fosas y barrancos, donde fueron enterradas las decenas de miles de víctimas del odio fascista, identificarlas y entregarlas a las familias. Una tarea inmensa que no encontró solo apoyos, baste recordar los continuos esfuerzos de la derecha política y sociológica española para frenar lo que ya era una realidad exaltante e conmovedora, ver levantarse de la tierra escavada e removida los restos de aquellos que habían pagado con la vida la fidelidad a sus ideas y a la legalidad republicana. Permítaseme que deje aquí, como simbólica reconocimiento a cuantos se están dedicando a este trabajo, el nombre de Ángel del Río, un cuñado mío que a esta tarea ofrece lo mejor de su tiempo, incluyendo dos libros de investigación sobre los desaparecidos y los represaliados.</span></p>Era inevitable que la recuperación de los restos de Federico García Lorca, enterrado como otros miles en el barranco de Viznar, en la provincia de Granada, se convirtiera rápidamente en auténtico imperativo nacional. Uno de los mayores poetas de España, el más universalmente conocido, está ahí, en ese páramo, en un lugar en el que prácticamente se tiene la certeza de que es la fosa donde yace el autor del Romancero Gitano, junto con otros tres fusilados, un profesor primario llamado Dióscoro Galindo y dos banderilleros anarquistas, Joaquín Arcollas Cabezas e Francisco Galadí Melgar. Sorprendentemente, sin embargo, la familia de García Lorca siempre se ha opuesto a que se realizara la exhumación. Los argumentos alegados se relacionaban, todos ellos, en mayor o menor grado, con cuestiones que podemos clasificar de decoro social, como la curiosidad malsana de los medios de comunicación, el espectáculo en que se convertiría el levantamiento de los huesos, razones sin duda respetables, que, si me permiten que lo diga, han perdido hoy peso ante la simplicidad con que la nieta de Dióscoro Galindo respondió cuando, en una entrevista en una cadena de radio, le preguntaron donde llevaría los restos de su abuelo, si acabaran por encontrarse: “Al cementerio de Pulianas”. Hay que aclarar que Pulianas, en la provincia de Granada, es la aldea donde Dióscoro Galindo trabajaba y la familia sigue viviendo. Sólo las páginas de los libros tienen vuelta, las de la vida, no.</span>

publicado por Fundação Saramago
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